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LA
JIRIBILLA
LA ISLA EN PESO
Mirta Aguirre
La Isla en
Peso
es un cambio
de rumbo, el inicio de un camino. Virgilio Piñera ha
vuelto los ojos hacia otro país y lo ha percibido, de
golpe, en toda su belleza física. La Cuba de agua y
tierra, de animales y flora, de blancos y negros, salta
por todos sus poros. El poeta, ofuscado por las frutos
que se pudren en el lecho de los ríos, «turbulentamente
cogido entre la poesía y el sol», rodeado por el
aguacero y por la siesta, por el cañaveral y el tabaco,
por el perfume de la piña «que puede detener un pájaro»,
en el mediodía caliginoso en cuya hora «nadie sabría
pronunciar el nombre más querido ni levantar una mano
para acariciar un seno»; el poeta, bajo la lluvia que
«golpea en la espalda hasta que la piel toma la
resonancia de dos maracas, pulsadas diestramente», ante
los machetes que hacen su trabajo «con un lujo mortal»,
habla entonces de todo esto que reseñamos con sus
propias palabras. Y de las guineas que dan su grito
cuando llega el ángelus. Y del olor nocturno que
«lleva la batuta de las cosas que pasan en la noche» en
esta isla en la que «lo primero que hace la noche es
despertar el olfato» y en la que un pueblo puede morir,
de la luz, como de la peste. Y todo esto es La Isla
en Peso «el peso de una isla en el amor de un
pueblo». El peso de una isla en el amor de un poeta que
comienza a verla.
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