LA JIRIBILLA
EL SECRETO DE VIRGILIO PIÑERA
 
Sospecho que el hombre que yo conocí, el que había comenzado el último lustro de su vida, fue el más verdadero. Como se había transformado en sombra, en fantasma, ya no se propuso gustar o disgustar, ser maravilloso o desagradable. Se trataba de un solitario que luchaba por dominar sus obsesiones.


Abilio Estévez |
La Habana


Parece que la gloria –esa palabra que tanto lo divertía e inquietaba– comienza a tomarlo en cuenta. Ya se le edita y sus libros desaparecen rápidamente de las librerías. Ahora se representa en teatros llenos y entusiastas. Es de buen tono hablar de él, invocar su memoria, estudiarlo, escribir ensayos y prólogos. Salvo los malintencionados o los rencorosos, no creo que nadie dude en la actualidad de su significación en la literatura cubana (y esta frase también haría sus delicias). Parece que cada día es más rotundamente lo que siempre debió ser. Pero con la gloria no deben olvidarse las memorias. Las rápidas y exitosas impresiones de sus libros en español, inglés, francés o ruso no pueden hacernos olvidar la enseñanza que ofrece este escritor.

Tuve la suerte de conocerlo cuando no se le editaba, cuando no se hablaba de él y cuando muchos de los que en la actualidad saludan su resurrección volvían la cara si lo veían acercarse. Tuve la suerte de conocerlo cuando el silencio era un muro a su alrededor. Aquellos años oscuros en que se le acusó de tantas cosas y en que los envidiosos tuvieron algún tiempo para frotarse las manos con alegría. Tuve la suerte de ser su amigo cuando pocos querían serlo. Y si digo suerte es porque tengo múltiples razones para sospechar que el hombre que yo conocí, es decir, el que había comenzado el último lustro de su vida, fue el más verdadero. En todo caso, como se había transformado en sombra, en fantasma, como no era público y sobre él estaban únicamente las miradas de unos cuantos fieles, ya no se propuso gustar o disgustar, ser maravilloso o desagradable. Se trataba de un solitario que luchaba por dominar sus obsesiones. Solo en su apartamento desnudo, en pleno corazón de La Habana, despierto desde temprano, escribía incansablemente. Riéndose de la adversidad y escribiendo con la pasión de siempre. Con inalterable confianza. Creyendo que los poderes de la literatura están más allá de cualquier circunstancia extraliteraria. Una prueba –nada casual, por supuesto– puede hallarse en uno de sus últimos cuentos, fechado en 1978. Hablo de ese hermoso apólogo donde se cuenta la muerte de todas las aves del mundo. Confundido, el escritor no encuentra explicación para la catástrofe; al final, sin embargo, ¿qué importan las explicaciones? «Solo nos queda –dice– el hecho consumado. Con nuestros ojos las miramos muertas sobre la tierra. Más que el terror que nos procura la hecatombe, nos llena de pavor encontrar una explicación a tan monstruoso hecho. Nuestros pies se enredan entre el abatido plumaje de tantos millones de aves. De pronto, todas ellas, como en un crepitar de llamas, levantan el vuelo. La ficción del escritor, al borrar el hecho, les devuelve la vida. Y solo con la muerte de la literatura, volverían a caer abatidas en tierra

Con una desnudez salvadora, como un atacado de grafomanía, como uno de sus personajes terribles y desgarrados, así él continuó su trabajo amoroso, paciente, obstinado. «Escribir es lo único que me mantiene vivo», afirmaba. Entre la literatura y la vida, optó por la primera, lo que significa decir que optó por la segunda.

Por lo demás, escribir cuando hay un editor que espera, es maravilloso; escribir cuando nadie espera es más maravilloso. Escribir y escuchar, así sea la ovación o el desprecio, es enervante; pero escribir en medio del silencio es la prueba suprema.

Virgilio Piñera soportó esa prueba. Su secreto está en su lealtad. La verdad, la única verdad, se hallaba para él en la literatura. Solo así se explica que al morir dejara inéditas siete obras de teatro, dos libros de narraciones y un poemario, amén de tantos proyectos inconclusos. Solo así se explica que esos libros no sean el resultado de una imaginación fatigada y que encontremos en ellos la misma vitalidad y semejante grandeza que en sus libros anteriores.

En cierta época, su tono de provocador, su rebeldía, su moralismo escondido en el sarcasmo, no fueron más que la forma en que él encarnó la fe por la literatura. Años después, cuando se vio obligado a la soledad, solo pudo alimentarse de esa fe. Detrás de todos los Virgilios sucesivos, detrás de las salidas de tono y las blasfemias, detrás de las poses de maldito, detrás de la sordidez de los últimos años, debemos hallar el reino espléndido que él levantó. No traicionarlo fue su divisa. Y no lo traicionó. ¿Puede pedirse mayor enseñanza?

La Habana, enero de 1990

Tomado de UNIÓN, Número 10, Año III abril–mayo–junio 1990.

 


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