LA JIRIBILLA
PÁNICO PARA LOS VIEJOS
 
En un momento de la pieza Dos viejos pánicos, Tota, la protagonista, ¿la protagonista?, con el brazo extendido apuntando al fondo del escenario, dirá: «¡Míralos, míralos, tienen miedo!»


César López |
La Habana


En un momento de la pieza Dos viejos pánicos, Tota, la protagonista, ¿la protagonista?, con el brazo extendido apuntando al fondo del escenario, dirá: «¡Míralos, míralos, tienen miedo!» A lo cual Tabo, el protagonista, ¿el protagonista?, responde mientras echa el cuerpo hacia delante: «Sí, tienen miedo, mucho miedo. Ahora les toca tener miedo.» Y Tota, implacable e insistente, volverá a la carga: «Eso es, se pasaron la vida metiéndonos miedo, y ahora…» para escuchar la réplica de Tabo, extraña y desesperadamente triunfalista: «Ahora están en nuestras manos. En nuestras manos. Ahora tendrán que pagar. Míralos, míralos…» Ya Tabo está gritando y camina hacia el fondo.

Pero qué ocurriría si en vez de caminar hacia el fondo, gritando o sin gritar, se dirigiera al lunetario con la misma exclamación y junto a Tota responsabilizara al público no solo de su miedo, el miedo de ellos, sino también de su miedo, el miedo del público, y el miedo emergiera así, sin cortapisas ni tapujos, como el verdadero tema de la obra. El miedo que engendra el miedo que engendra la violencia que engendra el miedo que engendra el miedo. Y que Tota y Tabo, enajenados, no saben, no pueden, no quieren vencer. Todo puede suceder en este teatro en que se entremezclan miedo, alienación, pánico, cosificación. Hasta llegar a la parálisis. Aunque ninguna de estas instancias aparece gratuitamente. Si la presentación de la problemática es peculiar, retorcida y delirante, sus orígenes no por eso dejan de ser menos reales. El hecho de que alguien sea paranoico no quita que en realidad pueda ser perseguido. Y si las supuestas soluciones son exageradas, desquiciadas, descacharrantes, los motivos están ahí. Toda la frustración del mundo conduce al encierro sin salida de estos viejos, quienes, más que jugar, se destruyen y despedazan en su inadecuado intento de salvación por medio de la violencia y la crueldad. Mas, unido a este motor generador del peculiar desarrollo de su sin sentido, hay otras connotaciones que permiten seguir una pista a la trayectoria del pensamiento y la acción o no acción de Virgilio Piñera. Tabo afirma: «Es inútil. La policía no puede entrar en esta casa. Yo soy el jefe de todos los policías del mundo.» La represión muestra su rostro, aunque de modo tangencial. Esta pareja, trascendida, simbolizada, absurdizada, fantasmada, no tiene un carácter metafísico. Es una consecuencia, un producto, una excrescencia putrefacta de un contexto más amplio. Destino independiente de los dioses, que, por otra parte, no existen. Ya Piñera había convocado a los no–dioses en su temprana y sólida obra teatral Electra Garrigó, donde, imposibilitado de romper el cerco en el que están atrapados sus personajes, hace decir a Electra: «He ahí mi puerta, la puerta de no partir.» Es decir, que Electra se queda en la casa «por el resto de mis días». Lo mismo que Tota y Tabo y tantos personajes de Virgilio Piñera, que se repiten desesperadamente en su infierno bamboleante y frenético. Las dos máscaras clásicas vistas por un implacable ojo contemporáneo. Revolucionario en el fondo y en la forma. Consecuente con una historia que maneja a su peculiar y desenfadada manera y con modos propios que lo afirman en su cubana, tal cual dice en el prólogo a su Teatro completo: «Entonces, si así es, yo soy absurdo y existencialista, pero a la cubana» Referencia que se justifica, entre otras connotaciones «por esa alternancia de lo trágico y lo cómico. (…) A mi entender un cubano se define por la sistemática ruptura con la seriedad entre comillas.» Mas lo cubano para este creador es eso y mucho más, y la prueba la ofrece esta pieza en la cual eso que presentimos sea lo cubano resulta menos evidente, aunque no deja de estar presente, presidiendo, en el ritmo peculiar de la acción y del lenguaje, la acrobacia argumental y la pirotecnia verbal. Esa peripecia desenfadada, grotesca y patética a la vez, que lleva a la pareja a defenderse como gato boca arriba, o boca abajo, que en este caso viene a ser lo mismo, ese escarnio que súbitamente se transforma en requiebro dulzón y malicioso, esa reveladora manera de adjetivar tanto el sustantivo como el gesto, ofrecen elementos de cubana no alejada de universalidad. Y ahí se coloca Piñera al borde del precipicio. Qué va a ocurrir. Si de teatro se trata. ¿Podrá la pieza ir más allá de una sala teatral de La Habana, Camagüey, Santiago de Cuba o Pinar del Río? ¿Lo insular tendrá la suficiente fuerza para resistir océano, acento e historia distintos? No se le escaparía al propio autor el riesgo que afronta. Cielo o infierno. Olimpo. Tumba. Buenos Aires. Lo vio durante doce años deambular por sus calles y plazas. Refugiarse en los cines. Suspirar en los teatros y devorar su hambre en los cuartos vacíos. O no lo vio, como suele suceder. Las ciudades en algunos momentos no se percatan de lo que le sucede a los poetas. Y hay que esperar a que el tiempo pase para que ocurra algo o para que no ocurra absolutamente nada. Pero ahora estamos ante esa oportunidad. Un público, una ciudad, otra época, se enfrentan al dramaturgo. Y el poeta a ellos. Se va a dilucidar lo acertado o desacertado de estas notas de presentación o regodeo. Lo discutible del concepto de cubano, americano, universal, epocal y, lo peor de todo, ese horrible y desprestigiado término coyuntural. Ya viene la última palabra, o no viene ninguna. Aquí está, la pieza, su montaje, su creación, su recreación. Todo

El autor ha obligado a sus personajes a evolucionar delante de su público, y el público, cambiante, asistirá a esta ceremonia que no alcanza a conjurar la alienación que los invade y, paradójicamente, a pesar de la pirueta vertiginosa en la cual se convierte la acción, los paraliza y provoca la disolución del tiempo. El tiempo desaparece en Tota y Tabo. No importa que insistan en llamarse denostadamente viejos, en hacer referencia a un pasado más o menos maquillado, incluso que se inventen un tramposo volver a la semilla en forma de recién nacidos más grotescos que infantiles. El tiempo deja de existir en el infierno que estos eternos viejos se han construido con la ayuda interesada de los otros. Porque ya se sabe: el infierno son los otros, o al menos así se ha venido afirmando teatralmente desde el descubrimiento del encierro sartreano de Huis Clos. Pero Virgilio Piñera no deja cabo suelto a su simbología y en un momento del segundo acto obliga a Tabo, con un gesto de repugnancia, a decir: «Tener que despertar y tener que vivir con este miedo y tener que jugar para no tenerlo y cuando juegas lo mismo tienes miedo y no entiendes nada de lo que te pasa y solo sabes que el miedo está aquí o aquí.» (Se ha tocado la cabeza, el pecho y el estómago, mientas ha ido repitiendo el aquí.) «Y él apretando, apretando y tú crees que lo has matado por ti, por mí, pero no matas nada y piensas que si lograras matarlo sería una reparación, una reparación que la vida te da, porque te has pasado los años con las manos en alto frente al cañón de una pistola.»

Ante semejante tirada, que pondría en ascuas a Segismundo y a su meditabundo inventor Calderón de la Barca, Tota se apresura a responder: «¿Ya descargaste? Por mí puedes seguir, pero te oirán las paredes. Me voy a la cama». Es decir, que Tota no es Rosaura, más bien sería la anti–Rosaura, como según el propio autor, Virgilio, claro está, su Jesús no es Jesús sino el anti–Jesús. Y por lo demás no hay nadie más, ni siguiera un mecanismo adecuado para canalizar una agresividad violenta, liberadora, surgida del miedo para emprender la lucha necesaria. No, todo está aquí distorsionado, hasta el lenguaje, idioma que de momento tampoco resiste y comienza a reiterarse con esos qué, qué, qué, ad infinitud, saltando de Tota a Tabo mediante el habilidoso recurso pivoteador de la ingenua pregunta de Tabo: «No hay más qué». Responde ella: «No sé qué». Y él: «No se de qué». Qué tentación afrontó Virgilio Piñera ante la delicadísima y profunda aliteración de San Juan de la Cruz: «Un no sé qué que quedan balbuciendo». Esos viejitos perpetuos seguirán consumiéndose «otro día más y otra noche más y otro día más y otra noche más…» ¿Hasta cuándo? Se preguntará, se pregunta ya el lector, el espectador en este caso. El actor no ofrece la respuesta, pero ha planteado muy bien el problema, desde su punto de vista, su imaginación, su experiencia, su singular cubana expresada en toda su obra y explícitamente en el ensayo o prólogo anteriormente citado cuando expone:

«Nosotros somos trágicos y cómicos a la vez. Por otra parte, puede muy bien ocurrir que esta Revolución cambie ese carácter. Porque, en definitiva, y en gran medid, ese chiste, esa broma perpetua no es otra cosa que evasión ante una realidad, ante una circunstancia que no se puede afrontar. Frente a una frustración que se que se venía dando en nuestro pueblo como a perpetuidad, habría dos modos de reaccionar: por lo trágico o por lo cómico.»

En Dos viejos pánicos Virgilio Piñera llega a más. Su visión abarca un ámbito más amplio: el miedo, la asfixia, del hombre enajenado. Cumple su proyecto llevándolo hasta sus últimas consecuencias de absoluta mutilación porque, como había asegurado muchos años antes: «Prefería pasar por cínico, por escéptico (si es que de eso me acusarían a la vuelta de los años) que pasar por mendaz y por amable componedor –esos amables componedores que tanto daño le han hecho a nuestro país con sus productos para aletargar al pueblo, con su falta absoluta de sinceridad y con ese descaro con que han tomado la literatura y todo lo demás».

La Habana, mayo, 1985. Presentación para la puesta en escena de Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera, en Buenos Aires, bajo la dirección de Norma Di Prima y Miguel Ligero Jr.

Tomado de UNIÓN, Número 10, Año III abril–mayo–junio 1990.

 


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