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LA
JIRIBILLA Pero Alberto Luberta no se da por vencido. Y no es que continuar escribiendo constituya un capricho al que se aferre –por el contrario, más de una vez ha propuesto abrir su espacio a nuevas generaciones de guionistas–, sino porque al final acaba cediendo ante quienes le aseguran que sin él ya no habría Alegrías... o que la gente al menos no las recibiría igual. De modo que ahí, sigue inventándole situaciones humorísticas a los protagonistas del legendario programa radial, y dejando tiempo, todavía, para hablar de la historia del medio al que ha consagrado su vida, en un diálogo tan familiar como el que me ofreció; antesala de otro, con grabadora apagada, que iniciamos luego de la mejor propuesta que pueda concebirse para los mediodías del trópico: “¿Quieres una cervecita?...” – “Cuando yo entré en CMQ, en el año 47, se estaba produciendo una tremenda evolución en la radio. Todavía los artistas ganaban sueldos de miseria, pero eso empezó a cambiar a partir de la competencia con la RHC Cadena Azul. Su dueño, Amado Trinidad, no era tan conservador como Goar Mestre, y decidió llevarse con él a primeras figuras de CMQ pagándoles sueldos de dos mil pesos, cuando del otro lado ganaban trescientos y pico”. “Lo que ganaron los actores después se lo debieron a Amado Trinidad y Velazco, que empezó a poner esos sueldos astronómicos. Recuerdo que, en medio de El derecho de nacer, el actor José Boula, de CMQ, estimó que no era suficiente lo que le pagaban y exigió a Mestre un aumento. Como se lo negaron, Félix B. Caignet tuvo que enmudecerlo en la novela para que no actuara. Le inventó un problema en la garganta y mantuvo al público intrigado hasta que se arregló la cosa”. “Sin embargo, el esplendor de Cadena Azul no duraría mucho, porque era campeona de la desorganización. Amado Trinidad hacía mucha publicidad, pero dejaba la emisora en manos de gente que eran unos gángster. Me hacían los cuentos de que, por ejemplo, amarraban una soga a una máquina de escribir, la bajaban por la ventana del edificio y luego la vendían. En Cadena Azul se hacían horrores”. “Cuando Mestre vio que el negocio del guajiro Trinidad empezó a flaquear y mostraba síntomas de quiebra, le dio el puntillazo y trajo de nuevo a toda su gente, aunque ya con los salarios fabulosos de dos mil pesos al mes. Los mejores artistas volvieron para CMQ y su programación no tuvo rival. Radio Progreso empezó a levantar con su onda de la alegría, Unión Radio era una emisorita que también se oía; pero nunca fueron sombra para CMQ”.
–Las encuestas de
la época evidencian el éxito de sus programas.
–He leído que las
publicitarias manipulaban los resultados, favoreciendo a
los programas que más les convenían.
–Pero, ¿no cree
que de alguna forma los anunciantes imponían
condicionamientos en la programación?
–¿Recuerda alguna
anécdota que ilustre el impacto de la radio en la época? “Pero había otros muchos programas: La tremenda corte, Tamakún, Leonardo Moncada... es que para la gente no había otra cosa que la radio. Y eso que no había radios. Costaban ciento y pico de pesos, y muchas veces no había ese dinero para comprarlos. Entonces, familias enteras venían de visita por la noche y se ponían a escuchar en las salas de las casas los programas, o las amas de casa se pasaban el día oyendo radionovelas.” “Hoy la vida en Cuba ha cambiado. La mujer trabaja, se vive muy agitadamente, hay quien tiene un radio en la casa y nada más lo pone por la noche o para escuchar la hora en Radio Reloj. Antes la radio era el refugio, desde por la mañana hasta que terminaban las trasmisiones.
–Le propongo
mencionarle algunos programas y que usted intente
descifrarme las razones de su éxito. Chicharito y Sopeira... “Tocaban también problemas de política. Eran amigos de los alcaldes y los relajeaban. A Justo Luis del Pozo le decían horrores porque era un alcalde muy feo. Dicen que él se reía de eso”
–Mejor que me
calle.
–¿Y no se metía en
líos por eso?
–Tengo entendido
que había una fuerte censura sobre los libretos.
–Le menciono otros
programas, La Corte Suprema del
Arte.
–El derecho de
nacer, si es que queda algo por decir. “Vino, entonces, el auge de El derecho de nacer y Félix B. Caignet empezó a decir que tenía que pensar bien para mantener la novela en el aire. Entonces, mandaba dos páginas a las dos de la tarde, tres paginitas más a las cinco y, a veces, eran las 7 de la noche y no había llegado el final del capítulo, saliendo la novela a las 8. Recuerdo que los actores tomaban rápido las páginas y corrían para los ensayos”. “Le di las quejas a Omar Vaillán, que era jefe del departamento de programas en aquel momento. “Mira chico –le dije–, estoy saliendo de aquí todos los días a las ocho de la noche y yo termino a las 6”. “Coño, Luberta, pero eso tiene tremendo rating” –me respondió él. Hasta que un día decidí irme pa'l carajo si el libreto no estaba completo a las 6 de la tarde”. “Llegó la hora y faltaban tres páginas para el final, así que me fui, porque en definitiva B. Caignet ganaba un carajal de pesos y a mí me explotaban pagándome cien. Cuando llegué a mi casa no le dije nada a mi madre, ni a mi padre que me habría matado a palos”. “Al otro día regresé al trabajo con la convicción de que me iban a botar. Me llamó Omar Vaillán a su oficina y lo que me descargó fue mucho, pero terminó prometiéndome que ganaría en lo adelante 120 pesos. Me subieron 20 pesos y tuve que seguirme quedando hasta las 8 mientras duró la novela. Con el tiempo, Félix B. Caignet compró un dito y alquiló un mecanógrafo para que le copiara los libretos. El muy c..... empezó a tirar en dito las copias que quería, con tal de no utilizarnos más”.
–¿Recuerda alguna
novela que se haya acercado al éxito de El derecho de
nacer?
“Nosotros nos reíamos
porque el pobre hombre, que trabajaba en la empresa
eléctrica de cajero, tenía que llegar después a su casa
y sentarse frente a la máquina de escribir a llenar 30
páginas, armando diálogos más o menos así: –¿Qué, abuelo? –Quiero hablar contigo –¿Cuándo? –Cuando tú desees. –¿Ahora? –No sé si se pueda ahora –Dime entonces. –Espera un momento Intervenía entonces el narrador: “Él mira hacia un lado y hacia otro, hasta que decide volver a preguntar” –¿Podríamos hablar ahora? –Sí, abuelo –Pero no aquí. –¿Dónde, abuelo? –Caminemos. Y aquello tuvo un éxito tremendo. “Recuerdo otra novela más cruda, que narraba los horrores de la guerra cuando los alemanes ocuparon Italia. Se hizo un tipo de propaganda que no se había hecho nunca en Cuba. Tanto a mí, que era el jefe de la sección de copias, como a los 8 copistas que trabajaban conmigo, nos mandaban a comunicarnos con números telefónicos que tomábamos de la guía para preguntar: “¿Usted ha escuchado La hora 25? Óigala”. Eso lo inventó Rigoberto Rodríguez Pérez , entonces a cargo del departamento del Servicio Internacional de Grabaciones de Audio (SIGA) y quien, cuando la intervención de CMQ, dio la mala a Mestre llevándose con él muchas de esas grabaciones fuera del país”.
–¿Cuándo Alberto Luberta dejó de ser quien copiaba los
libretos para convertirse en quien los escribía
realmente? “Pero yo le conocía el estilo a todo el mundo. Una vez Félix Pita Rodríguez, que escribía un espacio sobre la historia de los santos, se enfermó y me pidió que escribiera en torno a San Francisco de Asís. Yo no sabía cómo continuaba aquello y estuve una semana dándole vueltas al guión sin que pasara nada; pero pude al menos mantener el programa al aire. Así me sucedió con Mercedes Antón y con otros escritores que fueron confiando en mí para sustituirlos.
–A su juicio,
¿tiene alguna deuda la radio actual con la que se hacía
en aquellos años?
–¿Y cómo ve los
programas de humor? Se lo pregunto porque algunos
aseguran que el humor está hoy cada vez más en la calle,
pero cada vez menos en los medios de comunicación... |
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