LA JIRIBILLA
DEL GÉNERO EPISTOLAR


Alejo Carpentier

Estamos asistiendo a una evidente decadencia del género epistolar. Nadie, que yo sepa, dispone ya del tiempo necesario para escribir aquellas cartas de antaño, cuyo borrador se establecía cuidadosamente con enmiendas, añadidos y correcciones de estilo, y que luego se «pasaban en limpio», sobre el hermoso papel de su redacción definitiva. El borrador se guardaba para recuerdo y constancia del envío, y había personas particularmente cumplidas, que llevaban un registro de cartas recibidas y contestadas, a fin de imprimir un ritmo armonioso a su correspondencia.

Así surgieron esos epistolarios póstumos –no siempre debidos a la mano de escritores profesionales– que constituyen preciosas fuentes de informaciones sobre una época, un acontecimiento, o determinados personajes de la historia o del arte. Los descendientes de quien se hubiera destacado en la vida por alguna actividad interesante, conservaban celosamente los borradores de cartas guardados en cajones, armarios y desvanes, aportando un día, con tales textos, un valioso complemento a una obra literaria (tal la correspondencia de Flaubert, nunca escrita para ser publicada), o inesperadas revelaciones acerca de tal o cual suceso memorable. Y es que la carta del pasado, además del amistoso coloquio sostenido a distancia; además de responder a la humana necesidad de tener noticias de los seres estimados o queridos, cumplía con una función de orden informativa. El mundano enviaba, a amigos lejanos y parientes, una relación detallada de la fiesta a que hubiese sido invitado; y cuando se tenía una pluma de oca tan bien afilada como la de Madame de Seigné, se alcanzaba, en esto, las cimas de una chismografía genial. El señor que había tenido el privilegio de visitar la Exposición de París, describía todos los pabellones, amén de la emoción que le había producido su valiente ascensión a la Torre Eiffel. El hombre político de nuestra América, remitía, desde Madrid, sus informes más recientes acerca de la política, en el Viejo Continente. Las damas viajeras, hacían amables recuentos de las últimas modas y novedades vistas en las tiendas. Este se asombraba ante los altos edificios de Nueva York; aquel había asistido a la llegada del rey de Bulgaria; el otro se extendía largamente sobre el sensacional estreno de un drama. Las noticias viajaban por barcos y ferrocarriles, en sobres lacrados y certificados, y había quien tuviera el prurito de darlas con mayor rapidez que las agencias informativas, ofreciendo enjundiosos temas de conversación a los destinatarios lejanos.

Hoy, quien emprende la tarea de escribir una larga cuenta a un amigo merecedor de tal distinción, se encuentra muy pronto, con que no tiene más que decir. Cuando se han tratado los temas de la vida íntima, salud, familia, proyectos, sucesos nimios, la carta toca a su fin. ¿Acontecimientos, catástrofes, modas, estrenos, exposiciones, hechos políticos? Todo está dicho –y muy bien dicho– por la prensa. Y lo que no se ha leído en los periódicos, se ha visto en los noticiarios del cine, en las pantallas de la televisión; se ha escuchado por el trujamán aparato de radio. Ningún invitado al baile del marqués de Cueva se extenderá mucho en describir la fiesta a sus amigos, puesto que estos habrán contemplado sus fotografías mucho antes de que llegue la carta. Otro tanto ocurre con la crisis ministerial en Francia; con el acontecimiento de Estados Unidos; con el último escándalo pictórico de Diego Rivera…

Y la carta queda en el chisme menudo, el cuadro de la vida íntima, la salud de la familia, el proyecto de veraneo, la nota marginal a una lectura interesante, sin constituir ese legajo de borradores, que tantas veces se ha revelado, luego de la muerte de su autor, como un documento de apasionante interés. Dudo que la época presente nos deje grandes epistolarios, de los que resumen la vida, opiniones, emociones, de un hombre a través de su época –como los fueron en el pasado, las cartas de un Flaubert o de un Domingo del Monte.

Tomado de Letra y Solfa. Literatura poética. Editorial Letras Cubanas, 1997.
 


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La Habana. 2002
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