LA JIRIBILLA
RETRATO DE FAMILIA
 
El compositor cubano Juan Piñera, sobrino por línea paterna, nos presenta una visión cercana, exenta de esa sacralización  o demonización de la que aún es objeto “el ligerísimo Virgilio”.

Jorge Sariol |
La Habana


Virgilio Piñera, 23 años después de su muerte, sigue generando polémica con la  misma intensidad que en vida. Considerado por muchos entre  los más grandes escritores cubanos,  ha dejado una obra clave para Cuba. De igual modo, todavía hoy es despreciado o reverenciado –él, el más irreverente- por quienes dimensionan más sus facetas intimas que su grandeza creadora.

“...soy un escritor irrespetuoso, pero me siento muy bien con mi falta de respeto” dijo alguna vez. Ángel o Demonio, pareciera que en más de una ocasión esta suerte de epigrama se volvía en su contra, desde que decidiera  escapar del sino de la “arturidad” provinciana, hasta su fallecimiento, lleno de terror y estigmas.

En las líneas que siguen el compositor cubano Juan Piñera, sobrino por línea paterna, nos presenta una visión cercana, exenta de esa sacralización  o demonización de la que aún es objeto “el ligerísimo Virgilio”.

-¿Qué recuerdo más remoto guarda de su tío Virgilio Piñera?
-
El recuerdo más remoto era el de un escritor que vivía en la Argentina. Yo tenía año y medio o dos, y me trajo Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; pero no una versión para niños pequeños, sino el original de la obra. Hoy me sorprende que me diera libros tan complejos a tal edad, pues es más profundo de lo que uno se imagina. Esa obra con el tiempo se me convirtió como un símbolo. Él era así, supongo que  me invitaba a superar etapas.

Ese fue el primer recuerdo que tengo de mi tío.

-¿En qué momento tuvo noción de la trascendencia que tenía?
-Desde pequeño tenía idea de que era reconocido como importante. No consciente, pues eso vino con los años. Era un hombre que vivía muy lejos, que iba y venía, pero sí que era escritor, con una vida muy importante y que me regaló un libro. Después eso se repitió, con otros títulos, aunque bajó la parada: me trajo entonces los cuentos de Andersen, en una edición preciosa; después los Cuentos  fantásticos de Hoffman,  y así con ocho años tenía libros que él me iba regalando – como la Logia de los Bustos, de Giovanni Pappini, alguien muy reconocido en los años 40 y que él debía conocer muy bien.

A los 14 años yo tenía leído varios textos de Pappini, como El Libro Negro o La Vida de Cristo. Todos eran regalos que él me daba.

-¿Pudo intercambiar con él las impresiones que le dejaban esa lecturas?
-En casa teníamos la costumbre muy española de que “los niños hablan cuando las gallinas mean” y así cuando mi tío nos visitaba –y lo hacía  periódicamente-, los niños de la casa nos limitábamos a escuchar.

En la adolescencia era yo quien lo visitaba, pero entonces eran otras las preocupaciones por parte de él, en el período tan duro en que vivió, marcado por la intolerancia.

Él le decía a mi padre que por favor no  me dejaran visitarlo, pues podía perjudicarme. Yo, no obstante, iba muchas veces aunque no todas las que debía haber ido. Hoy lamento no haber aprovechado una mente tan lúcida como la tuvo Virgilio Piñera.

La familia temía que me pasara lo que a él y entonces tuve conciencia de que  en cierta medida el apellido Piñera tenía valor.

Mucho antes del triunfo de la Revolución él ya era como era y no iba a cambiar su manera de ser tan vertical. Podía estar en lo cierto o no, aunque el tiempo le ha dado la razón en muchas de ellas y otras están por demostrar que la tenía. Mi adolescencia coincidió con esa etapa.

-De todos modos ese valor pudo incidir en su vida en algo tangible.
-De lo que estoy seguro es la disciplina de trabajo que tenía. Era levantarse muy temprano a escribir mucho. Aún en los momentos fallidos se ve al ser humano disciplinado. Eso lo percibí muy bien, y lo admiraba por esa razón. Evidentemente, fue una virtud que influyó en mí.

Había además otra cosa, que me enseñó mucho, es la necesidad vital del artista, aún cuando pasara a un segundo o tercer plano, como pasó cuando no le publicaban o no se estrenaban sus obras. Era terrible para él, pero en su opinión no era lo más importante. Para mí, este detalle en Virgilio Piñera era una clase magistral que dejó su huella para toda la vida.

Pasara lo que pasara, él escribía.

Esa entrega y esa disciplina tuvieron resultados. Yo era muchacho y comenzaba a leer sus cuentos, muchos de los cuales no entendía, pero  mostraban un modo de ver la vida, las cosas que el defendía, y la  percepción que entonces tuve era  la de asistir a una gran obra de la cultura cubana y me atrevería  a decir no solamente latinoamericana, sino también universal.

-¿Cómo se entendía esto en el resto de la familia?
-Luisa Joaquina, el alter ego de Luz Marina en Aire Frío, aunque no del todo, era su compinche. Siempre creyó en él ciegamente, sin entender muy bien las cosas, pero tenía una intuición muy grande; su hermano  Humberto, era el segundo de los hermanos, un  profesor de filosofía, un hombre cultísimo; Vinicio, que vivía en Pinar del Río, era el cuarto; mi padre era Juan Enrique, fallecido recientemente uno de los hermanos menores de los cinco y finalmente José Manuel;  Virgilio era el tercero.

Cada uno se fue dando cuenta quién fue Virgilio Piñera en su momento, quién era el que más se proyectaba intelectualmente, el que trascendería.

Humberto marchó a la emigración en los sesenta y se convirtió en un destacadísimo intelectual, erróneamente olvidado, no era tan creativo como Virgilio, tenía cierta rivalidad con él. Mi padre comenzó a entender, sobre la marcha, la obra de tío, su proyección; y luego, fue un defensor en los momentos de mayor dificultad y así fueron todos y cada uno comprendiendo en mayor o menor medida.

Los más jóvenes éramos una  familia muy corta. Estelita que era la mayor de todos – hija de Humberto- se fue con los padres y se rompió el nexo; no tuvo esa posibilidad de conocerlo de esa forma cercana.

Yadira vivía en Pinar del Río y era muy niña en esos años; María Victoria  tampoco tuvo edad como para percibir. Y mi hermana, más joven que yo, le sucedió otro tanto.

Significa que yo era quien tenía todas las condiciones para establecer esas relaciones con la figura intelectual, además de las familiares. Yo tenía 18 años cuando el período de ostracismo de Virgilio, fue casi como una condición de privilegio. Ahora lo pienso, pero ya lo venía apreciando así.

-¿Tuvo que ver el parecido  familiar?
-El parecido familiar existe, pero no sé si influyó. Lo que pasa es que al final de su vida creó una relación de dependencia con gente que  no era de la familia. En sus últimos años, por ejemplo, estuvo muy cerca de Abilio Estévez, quien fue casi como un sobrino y que además escribía muy bien y con un gran talento; tampoco ahí Virgilio se equivocó...

-Sin embargo, escogió como “albacea” de su obra literaria a Antón Arrufat.
-Porque Arrufat, es uno de los que más conoce su obra, sino el que más, y además mantuvo una profunda  amistad con Virgilio. Yo era muy niño y en el estreno de Falsa Alarma –en que mi madre hizo la escenografía- veía a Antón que entonces era un joven de 20. Antón giraba sobre la órbita de Virgilio, así que tuvo la oportunidad de estar a su lado cerca de dos décadas.

Hubo una época en que Virgilio frecuentaba la casa de los Ibáñez, una familia que no discriminaba nada en una época muy oscura.

En esa época, en vez de rumiar sus penas, escribió intensamente y se dedicó a cultivar la amistad.

Unos cuantos nunca hicieron gala de esa amistad y se mantuvieron fieles en medio de la cacería de bruja contra él: Humberto Arenal, mantuvo una fidelidad enorme, porque entendió la trascendencia de Virgilio. Humberto, que es heterosexual, tenía su esposa, su casa, su familia y eso Virgilio lo apreciaba. Sucedió igual con Olga Andreus o Lezama y María Luisa. Creo que él siempre tuvo conciencia del valor de la familia.

-¿Hubiera visto bien a otro escritor en la familia?
-Él tenía una intuición enorme, pero no creo que hubiera imaginado que yo sería compositor.

En los últimos años me daba a leer sus cosas, recuerdo  Un arropamiento sartorial en la caverna platónica; también me comentó de un proyecto sobre una novela policíaca – quizás una ensoñación que tuvo- es decir, le gustaba hacerme partícipe de todo ese proceso creador.

Pero una vez que supo que tenía sobrinos que se dedicarían a la música –también mi hermana-  nos presentó a Natalio Galán, un compositor importante que ya murió en el extranjero, y a César Pérez Centenát. Esos vínculos me fueron permitiendo adentrarme en la música.

En vida de él, yo gané  premios en composición y en una ocasión en el concurso 13 de Marzo obtuve varios. Él estaba muy contento, y en un número de la  revista Bohemia salió una foto mía. Entonces me dijo – “Es muy bueno esto. Quiere decir  que te están teniendo en cuenta. De ahora en adelante vendrán los viajes y eso, pero vendrá también que te conviertan en una persona oficial, y esa puede ser tu muerte”.

Desde entonces evito que me consideren una figura sagrada, intocable.

Soy músico, no escritor; pero de lo que sí estoy seguro es de que, al ser  él uno de los más grandes escritores  que ha dado Cuba en todos los tiempos, hubiera sido para mí un peso enorme. Si yo no hubiera sido músico, tendría que haber sido escritor con el peso de su apellido. De todos modos tengo ese peso igual.

-Ese peso, ¿lo aplasta o lo impulsa?
-Me obliga ir hacia delante, a disciplinarme, a organizarme, pero es “un peso”.

-La imagen más intensa que guarda de Virgilio.
-Yo tengo dos imágenes de Virgilio. Una la tengo fija todavía. Iba él muy rápido, como una gacela, caminando por la calle B  y 11 hacia arriba;  yo  he tenido siempre un andar lezamiano  – aunque siempre he sido flaco- y el desde lejos me decía  “qué te pasa, no puedes seguirme, aquí hay Virgilo para rato” decía tocándose el pecho 15 metros más adelante “soy eterno” decía riéndose. Meses después se murió ¿Se refería a su obra?

Pocos días antes de morir me dijo “Ay, Juanito, yo de todos modos me voy a morir algún día. Yo quiero que te apuntes en mi  dirección para que no se pierda el apartamento. Tú serás el heredero de mi obra”.

El no dejó testamento y  a mí no me interesa algo que  pertenece a muchas más personas y a Cuba en definitiva.

La última imagen que tengo de él, fue en su muerte; el cadáver se demoró mucho  -Reinaldo Arenas, lo cuenta en su novela, pero como escritor, fabula y  no todo es como lo cuenta- pero es cierto que había muy pocos amigos y aunque las noticias se escamotearon, a los pocos minutos había mucha prensa extranjera. Nosotros no hicimos declaraciones, pudiendo haberla hecho. Todo fue muy desagrable.

Fue un acto subversivo casi asistir, sin embargo allí estaba Manuel Galich, por ejemplo.

-En relación con su tío ¿le queda algo que no hizo y pudo haber hecho?
-Aprendí a ser irreverente, algo que puede ser un boomerang, pero si se lleva con dignidad es un buen antídoto.

Me queda por superar ese trabajo día a día del que hizo gala, con los logros o los no-logros. No inventar quimeras sino construirlas.


 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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