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LA
JIRIBILLA “...soy un escritor irrespetuoso, pero me siento muy bien con mi falta de respeto” dijo alguna vez. Ángel o Demonio, pareciera que en más de una ocasión esta suerte de epigrama se volvía en su contra, desde que decidiera escapar del sino de la “arturidad” provinciana, hasta su fallecimiento, lleno de terror y estigmas.
En
las líneas que siguen el compositor cubano Juan Piñera,
sobrino por línea paterna, nos presenta una visión
cercana, exenta de esa sacralización o demonización de
la que aún es objeto “el ligerísimo Virgilio”. Ese fue el primer recuerdo que tengo de mi tío.
-¿En qué momento tuvo noción de la trascendencia que
tenía? A los 14 años yo tenía leído varios textos de Pappini, como El Libro Negro o La Vida de Cristo. Todos eran regalos que él me daba.
-¿Pudo
intercambiar con él las impresiones que le dejaban esa
lecturas? En la adolescencia era yo quien lo visitaba, pero entonces eran otras las preocupaciones por parte de él, en el período tan duro en que vivió, marcado por la intolerancia. Él le decía a mi padre que por favor no me dejaran visitarlo, pues podía perjudicarme. Yo, no obstante, iba muchas veces aunque no todas las que debía haber ido. Hoy lamento no haber aprovechado una mente tan lúcida como la tuvo Virgilio Piñera. La familia temía que me pasara lo que a él y entonces tuve conciencia de que en cierta medida el apellido Piñera tenía valor. Mucho antes del triunfo de la Revolución él ya era como era y no iba a cambiar su manera de ser tan vertical. Podía estar en lo cierto o no, aunque el tiempo le ha dado la razón en muchas de ellas y otras están por demostrar que la tenía. Mi adolescencia coincidió con esa etapa.
-De todos modos
ese valor pudo incidir en su vida en algo tangible. Había además otra cosa, que me enseñó mucho, es la necesidad vital del artista, aún cuando pasara a un segundo o tercer plano, como pasó cuando no le publicaban o no se estrenaban sus obras. Era terrible para él, pero en su opinión no era lo más importante. Para mí, este detalle en Virgilio Piñera era una clase magistral que dejó su huella para toda la vida. Pasara lo que pasara, él escribía. Esa entrega y esa disciplina tuvieron resultados. Yo era muchacho y comenzaba a leer sus cuentos, muchos de los cuales no entendía, pero mostraban un modo de ver la vida, las cosas que el defendía, y la percepción que entonces tuve era la de asistir a una gran obra de la cultura cubana y me atrevería a decir no solamente latinoamericana, sino también universal.
-¿Cómo se entendía
esto en el resto de la familia? Cada uno se fue dando cuenta quién fue Virgilio Piñera en su momento, quién era el que más se proyectaba intelectualmente, el que trascendería. Humberto marchó a la emigración en los sesenta y se convirtió en un destacadísimo intelectual, erróneamente olvidado, no era tan creativo como Virgilio, tenía cierta rivalidad con él. Mi padre comenzó a entender, sobre la marcha, la obra de tío, su proyección; y luego, fue un defensor en los momentos de mayor dificultad y así fueron todos y cada uno comprendiendo en mayor o menor medida. Los más jóvenes éramos una familia muy corta. Estelita que era la mayor de todos – hija de Humberto- se fue con los padres y se rompió el nexo; no tuvo esa posibilidad de conocerlo de esa forma cercana. Yadira vivía en Pinar del Río y era muy niña en esos años; María Victoria tampoco tuvo edad como para percibir. Y mi hermana, más joven que yo, le sucedió otro tanto. Significa que yo era quien tenía todas las condiciones para establecer esas relaciones con la figura intelectual, además de las familiares. Yo tenía 18 años cuando el período de ostracismo de Virgilio, fue casi como una condición de privilegio. Ahora lo pienso, pero ya lo venía apreciando así.
-¿Tuvo que ver el
parecido familiar?
-Sin embargo,
escogió como “albacea” de su obra literaria a Antón
Arrufat. Hubo una época en que Virgilio frecuentaba la casa de los Ibáñez, una familia que no discriminaba nada en una época muy oscura. En esa época, en vez de rumiar sus penas, escribió intensamente y se dedicó a cultivar la amistad. Unos cuantos nunca hicieron gala de esa amistad y se mantuvieron fieles en medio de la cacería de bruja contra él: Humberto Arenal, mantuvo una fidelidad enorme, porque entendió la trascendencia de Virgilio. Humberto, que es heterosexual, tenía su esposa, su casa, su familia y eso Virgilio lo apreciaba. Sucedió igual con Olga Andreus o Lezama y María Luisa. Creo que él siempre tuvo conciencia del valor de la familia.
-¿Hubiera visto
bien a otro escritor en la familia? En los últimos años me daba a leer sus cosas, recuerdo Un arropamiento sartorial en la caverna platónica; también me comentó de un proyecto sobre una novela policíaca – quizás una ensoñación que tuvo- es decir, le gustaba hacerme partícipe de todo ese proceso creador. Pero una vez que supo que tenía sobrinos que se dedicarían a la música –también mi hermana- nos presentó a Natalio Galán, un compositor importante que ya murió en el extranjero, y a César Pérez Centenát. Esos vínculos me fueron permitiendo adentrarme en la música. En vida de él, yo gané premios en composición y en una ocasión en el concurso 13 de Marzo obtuve varios. Él estaba muy contento, y en un número de la revista Bohemia salió una foto mía. Entonces me dijo – “Es muy bueno esto. Quiere decir que te están teniendo en cuenta. De ahora en adelante vendrán los viajes y eso, pero vendrá también que te conviertan en una persona oficial, y esa puede ser tu muerte”. Desde entonces evito que me consideren una figura sagrada, intocable. Soy músico, no escritor; pero de lo que sí estoy seguro es de que, al ser él uno de los más grandes escritores que ha dado Cuba en todos los tiempos, hubiera sido para mí un peso enorme. Si yo no hubiera sido músico, tendría que haber sido escritor con el peso de su apellido. De todos modos tengo ese peso igual.
-Ese peso, ¿lo
aplasta o lo impulsa?
-La imagen más
intensa que guarda de Virgilio. Pocos días antes de morir me dijo “Ay, Juanito, yo de todos modos me voy a morir algún día. Yo quiero que te apuntes en mi dirección para que no se pierda el apartamento. Tú serás el heredero de mi obra”. El no dejó testamento y a mí no me interesa algo que pertenece a muchas más personas y a Cuba en definitiva. La última imagen que tengo de él, fue en su muerte; el cadáver se demoró mucho -Reinaldo Arenas, lo cuenta en su novela, pero como escritor, fabula y no todo es como lo cuenta- pero es cierto que había muy pocos amigos y aunque las noticias se escamotearon, a los pocos minutos había mucha prensa extranjera. Nosotros no hicimos declaraciones, pudiendo haberla hecho. Todo fue muy desagrable. Fue un acto subversivo casi asistir, sin embargo allí estaba Manuel Galich, por ejemplo.
-En relación con
su tío ¿le queda algo que no hizo y pudo haber hecho?
Me queda por superar ese trabajo día a día del que hizo gala, con los logros o los no-logros. No inventar quimeras sino construirlas.
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