LA JIRIBILLA
ESTOY TRATANDO DE DECIR QUE...
 
Para mí la vida es el cine, o viceversa. Aunque por ahora lo es el video. Pero eso no me importa. Creo que el interés en hacer ya sea pintura, música, literatura y en especial el cine, es un intento de volver al mundo de la infancia, e intentar interpretarlo. La infancia está marcada por determinados hechos y situaciones incomprensibles para la mente de un niño y que se imprimen en la memoria con un gran y perturbador: ¿POR QUÉ? Una cosa es cierta: En la infancia están los momentos geniales del mediocre. Confesiones de un joven creador audiovisual.


Miguel Coyula |
La Habana


Uno sabe lo que tiene dentro. Eso debe respetarse. Se plantea que el cine es un trabajo en equipo y tiene su director de orquesta, quien logra sacar lo mejor de sus integrantes conformando una obra mejor y más completa. Respeto y comprendo esa opción. Solo que no va conmigo. Jamás podré asimilarla. Soy muy desorganizado y caótico a la hora de realizar. Me dejo llevar, en un gran por ciento, por la intuición. Y no sé hacerlo mejor de otro modo. Nada más cómodo entonces que cargar la cámara, mientras dirijo a los actores, preferiblemente no profesionales: pues me parece más interesante este tipo de realización. Al trabajar con individuos que no conocen los métodos, es más fácil manipularlos (en el mejor de los sentidos). Pero ojo: Cada «no actor» es capaz de interpretar un único personaje en el que funcione perfecto. Hay que saber detectar el entusiasmo de una persona común frente a una cámara.

Nada más aspiro a dirigir una pequeña orquesta, quizá no tan fastuosa y armónica: mis piernas, mis brazos, mis ojos. No debe uno desgastarse tratando de involucrar gente para lograr cosas que uno mismo puede hacer, si se es una persona obsesiva, hasta el punto de enamorarse de una película imaginaria (convencionalmente imperfecta) con todo el lujo de detalles, de conocer el cuadro exacto para el corte, el gesto imperceptible del personaje que da entrada al tono de la música, la precisión de la coreografía de los actores... Son grandes sumas de milímetros, y cuesta mucho ceder alguno de ellos. Aún sabiendo que existan otras opciones para que la película «funcione mejor», en mi caso no se trata de armar un rompecabezas lógico o estilístico: no me interesa hacer una película así. Si en un guión todo encaja perfectamente, si tiene cohesión dramática, ¿para qué hacer la película? Huyo de la historia como del fuego, no puedo evitarlo, es una predisposición natural. Este universo me atrajo por el placer de construirlo en su totalidad con mis propias manos. Puede que fracase. Pero hasta ahora he hecho las cosas como las quiero hacer.

Luego la otra pregunta pseudo-intelectual tantas veces repetida:


¿Qué es más importante: el cine o la vida?

Después de lo anterior, es bastante obvio... Para mí la vida es el cine, o viceversa. Aunque por ahora lo es el video. Pero eso no me importa. Creo que el interés en hacer ya sea pintura, música, literatura y en especial el cine, es un intento de volver al mundo de la infancia, e intentar interpretarlo. La infancia está marcada por determinados hechos y situaciones incomprensibles para la mente de un niño y que se imprimen en la memoria con un gran y perturbador: ¿POR QUÉ?

Una cosa es cierta: En la infancia están los momentos geniales del mediocre.


¿Qué tipo de cine quiero hacer?

De momento me interesa retratar la decadencia del ser humano, y sus falsas virtudes: la hipocresía, la falsedad, la degeneración progresiva, los vicios, la enfermedad y la muerte. Mis protagonistas preferidos son extraterrestres por su forma de ver las cosas, Don Quijotes cuerdos, Taxi Drivers con cerebro, en un medio donde a veces los animales y los objetos tienen más presencia que la propia gente. Ese es el mundo que rodea a mis personajes, un universo denso, donde la luz azul grisácea no se decide por la noche cerrada; situaciones límites donde las catástrofes amenazan con una apocalipsis definitiva, ahí la música flota en el aire mezclándose con el ambiente; un mundo de personas tan grises como el cielo, capaz de aburrirme a mí mismo... y en un instante se puede volver tan frenético como incomprensible. Esto se ha repetido en todas mis cosas. Se puede decir que trabajo con elementos de suspenso. Es difícil encontrar secuencias estructuradas cronológicamente en mis obras. La secuencia siguiente es imposible decir si sucede después, dentro de una hora, tres días, cinco meses, o hace un año. Últimamente estoy utilizando elementos sobrenaturales y hasta de ciencia-ficción, quitándole la mayor ciencia posible. Me molestan bastante los simbolismos cuya lectura es única. Caen como un ladrillo llenando la pantalla mientras gritan: ¡esto es un simbolismo y no trates de encontrarle otra lectura! Algo así pasa con algunas esnobistas referencias culturales.

Más que nada me considero deconstructivista y, por ahora, me interesa mucho trabajar sobre la base constante de la disgregación, las imprecisiones a la hora de manifestar un objetivo... Aunque: ¡Ojo! no me interesa para nada romper la ilusión de realidad. Busco un flujo de sensaciones encadenadas y sé que me va a costar caro. Pero nunca podrán decir que alguna vez dejé de intentarlo. No quiero comprender la mecánica de las cosas. No me interesa el caos artificiosamente construido. Necesito el estado natural de la percepción, sin extensiones intelectuales, o códigos simbólicos universales. No me interesa la poesía abstracta cuyos versos riman, ni el complicado dibujo que se asemeja a un rostro; tampoco tengo miedo a los clichés ni a todo lo contrario, pues para mí este arte consiste en el lenguaje de la mente, esos son mis principios. Una película es un universo y, por loco que sea, siempre tiene reglas, las reglas del autor.

Creo no solo en la necesidad (personal) sino también en el proceso inevitable por el que atraviesa el cine de volver a sus orígenes, de convertirse en un arte individual. Puede que hasta en un futuro las grandes productoras encarguen a una sola persona para hacer un largometraje.

Porque de una cosa estoy seguro: El cine, como formato, está condenado a desaparecer. La gente va al cine para obtener una ilusión de realidad, magnificada por la gran pantalla y la oscuridad enajenante. Pues bien, todo eso y mucho más, estará en un casco de realidad virtual, en varios años, por el precio de cualquier regalo de cumpleaños; entonces solo se hablará de eso. Luego vendrán las cosas negativas, ya que será incluso más poderoso que INTERNET, habrá de todo, y la gente podrá participar de todo. Será peligroso. Las personas pueden llegar a creerse importantes al decidir qué sucede en sus historias. Con esto vendrán mentes enfermas, y podría convertirse en la peor de las drogas.

Volviendo al arte individual. Un ejemplo extremo, pero un ejemplo: ¿quién iba a decir hace cuarenta años que un recogedor de basura tendría en su casa el formato doméstico para hacer una película? Mal filmadas las caras, sonrientes y tontas, de su familia; pero esa, su familia, su película, su obra de arte;  sin duda, cine de autor.

Hace cinco años, sin saber nada de cine, me regalaron una cámara VHS sin manual. Se volvió una obsesión, aún sin saber usarla... Podría perfectamente haberla roto. Miraba aquel aparato y no podía creer que estuviera en mis manos. Al día siguiente ya la dominaba. Esa tarde filmé una estupidez de policías y gángsters, con amigos míos, editándola en la misma cámara e introduciendo la música desde una Walkman junto al micrófono mientras filmaba. Los aplausos y autoelogios de todos en aquel primer visionaje, lógicamente se convirtieron en las carcajadas de hoy. Sin embargo, no me apetece quemar la cinta, al menos sirve para reírse. Pero volviendo al tema, luego de aquel thriller risible, me dije: voy a hacer una película de verdad. Pero, ¿qué significaba una película de verdad? En aquel momento significaba una película como las que veía el sábado en la TV. Y pronto lo noté. Por aquella época ya había escrito varios cuentos, no precisamente deudores de la TV. Pero ninguno de ellos económicamente realizable. Otra vez pensé ingenuamente: no, la película tiene que ser mejor que las de la TV. Y no tenía ni la más mínima idea de lo que estaba hablando, pero lo sentía.

Me basé en un sueño, literalmente, sin guión y con un grupo de amigos diciéndome que era una mierda. El resultado fue un mediometraje (en mi opinión lo mejor que he hecho hasta ahora). Un profesional del medio me dijo  —Está raro... hay algo que me gusta pero es demasiado denso, me pierdo... ya la industria te hará doblegarte—. No entendí lo que quiso decir, ni siquiera le pregunté, no me importaba... Porque tenía la cabeza en otro lado, y hoy en día más clara que nunca: a la mierda la industria y sus métodos. No soy nada diplomático, no puedo ni quiero serlo. Como sea no soy siquiera un granito de arroz en la sociedad, y como se dice: el espectador siempre tiene la razón. Que la tenga. Es su razón, no la mía. Soy un imbécil cabezadura. He hecho varias «películas de verdad» desde entonces, no han costado un centavo, las he editado en la misma cámara y he compuesto la música en la computadora, mi gran aliada (esto fue hasta 1998). Ahora también edito en la computadora. Películas con «defectos narrativos», «estupideces» que conforman mi universo, no muy diferente al del recogedor de basura. Lo tengo claro. Y si para vivir tengo que hacer otra cosa, pues la hago. Para eso están los comerciales.


Métodos para un guión

Tratar de anotar todas las ideas posibles en un mismo día, porque al siguiente, cuando revisas la lista, de treinta tienes una sola que sirve, pero esa puede que valga por mil.

Yo, espectador

Muchas veces veo una película cuando su historia es excesivamente original, cosa poco frecuente... O cuando la personalidad del autor me llama la atención; entonces olvido la historia, y me concentro en los detalles cuya suma me revela la psicología del director, historia o personaje. Si una película logra con una escena, por un instante, transportarme a un lugar mágico, nunca olvidaré ese momento. Si la primera vez no logro comprender y decido volverla a ver, se convierte quizás no en una obra maestra, pero sí de arte. En resumen: me gustan más las películas cuando no las entiendo. Y digo esto por decirlo, porque es imposible que varias imágenes sean absolutamente incomprensibles. Cada imagen o sonido puede ser una historia, y aunque sean muy diferentes entre sí, siempre existirá una lectura que las unifique.

Corderos siempre
El público no es tan tonto, o bueno, puede que en un futuro no sea tan tonto. Otro ejemplo extremo e irreal, pero un ejemplo: si se quemaran la mayoría de las  películas y hubiese que  transmitir por la TV solo las obras sobrevivientes: de Tarkovski, Antonioni, Bergman... ¿la gente dejaría entonces de mirar el televisor? Probablemente. Pero venderlo tampoco tendría sentido. Al cabo de los años, sus hijos con seguridad estarán disfrutando estas películas... Como sea es un ejemplo torpe, una utopía. Pero hay utopías más saludables que cambios en el cine.

Se habla mucho de que todo necesita su tiempo. Hoy en día el espectador no admite películas como La aventura, Desierto rojo, Solaris, o Persona... En realidad nunca las admitió del todo. Los pseudointelectuales y cualquier espectador medianamente serio, iban al cine en los años sesenta arrastrados por la renovadora corriente del momento. Ahora a estas películas las consideran lentas, y que no se entienden. Pero, ¿y cuántos videoclips que ganan millones son comprensibles? ¿Qué pasaría si alguien toma imágenes de cualquiera de estas películas, y las obliga a sufrir el ritmo del más empalagoso disco de Mariah Carey? Sería tan exitoso como si  un grupo de rock —tan famoso, como satánico, como nulo— digamos Marilyn Mason, armase un videoclip con Nosferatu de Murnau o imágenes de una Snuff–movie. Otro público amaría respectivamente estas imágenes, aberrantes en su nueva ideología, «inspiradora de nuevas sensaciones».

Es fácil engañar al público, y el videoclip es un truco inteligente: un viejo campesino Amish llega a Nueva York por primera vez, y ve a un ejecutivo de 30 años, gafas, de negro y corbata, soltando 5 palabras por segundo; tonterías que resultan incomprensibles para el campesino. Aturdido por los rascacielos y el tráfico piensa: no entiendo nada... Soy un tonto, ese hombre bien vestido debe ser un genio... Es exactamente igual a la mirada de un niño. Ese el reto: hacer que el espectador se sienta como un niño: no entender nada pero mantener una curiosidad infinita por saber.

Tengo 23 años, y aunque a esta edad todavía suele hablarse mucha mierda, espero no perder esa mirada, porque soy feliz mientras tenga una cámara y alguien o algo que salga delante. No fumo, ni bebo, ni tomo drogas para abrirme nuevos caminos en la creatividad. No soy un artista, ni quiero serlo. Solo filmo lo que me gusta.


Prototipo de un experimento:

La escena más melodramática: un hombre mayor acaba de descubrir que su mujer joven lo engañaba con otro hombre. En la escena anterior, el marido celoso la observaba por una hendija con su amante. Mientras ella susurraba: No le queda mucho... Está viejo y cansado. O alguna otra tontería. Ahora el matrimonio está en el cuarto. Ella acaba de Ilegar, el marido está hecho un volcán de rabia, de pie, tambaleante, casi suelta espuma por la boca. Tiene la mano derecha en un bolsillo. Y le dice con voz cortada por el dolor: Yo te mataría... Una persona de 60 años que no sepa nada de cine, inconscientemente planificaría la escena con plano contraplano de ambos, y quizá un plano detalle del cuchillo. Puede ser una barbaridad, pero, creo que el valor de los planos, según el contenido de las palabras, puede ser mucho más complejo y racional, mas allá del puro efectismo, en un momento de tensión. Por ejemplo, la forma más objetiva y directa: Yo te mataría. Normalmente sería un primer plano del marido y luego el efecto de las palabras sobre la cara asustada de ella. Yo te mataría... La frase está compuesta de tres palabras, las dos primeras son sílabas. Por excesivo que parezca, esta frase pudiera fraccionarse en tres planos, de acuerdo al significado de las palabras.

Ejemplo: YO: Plano general contrapicado del marido.

TE
: Plano americano picado de la mujer asustada, zoom in a su corazón.
MATARÍA
: (Aquí entra una cuestión interesante: La raíz de este verbo permanece igual en cualquiera de sus tiempos. En este caso indica posibilidad futura). La palabra puede fraccionarse en dos planos, aunque visualmente pueda ser demasiado rápido:
MAT
: Plano detalle de los ojos nerviosos de la mujer que pestañean por el miedo.
ARÍA
: Plano detalle del brillo que da en la hoja del cuchillo que tiembla.
Pero esto es solo un ejemplo. ¿Alguien aguantará una película así? Lo sabré cuando la haga.

El cine cubano de hoy
Criticamos el comercialismo del cine norteamericano. Fresa y Chocolate fue una excelente película,  pero lamentablemente dio origen a Guantanamera y esta a una serie de imitaciones que, con mayor o menor fortuna, han tenido éxito vendiéndole a España, o al mejor postor, las escenas de la realidad cubana que más carcajadas le puedan arrancar, sin por ello dejar de ofrecer mulatas, rumba, tabaco y ron. La justificación está clara: pocos extranjeros pagarían para ver otra cosa de Cuba. Pero el dinero viene y se va, la memoria fílmica es lo que queda. Y así, aunque hay excepciones, resultará imposible recordar otras memorias como las del subdesarrollo.

¿Y por qué hago cine?

Porque siempre existirán cien mil, o quinientos, o quizás treinta personas, fervientemente identificadas con mis películas. O incluso una sola persona. Muchas veces yo mismo.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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