LA JIRIBILLA
ESTE JUEGO

La teleserie tiene como mérito artístico el develamiento de la realidad que vivimos a través de un lenguaje novedoso, pues encuentra correspondencias entre su lectura de la sociedad (y no su mera presentación) y el servicio que como vehículo de tal lectura ofrece la experimentación dentro de los códigos televisuales.


Omar Valiño |
La Habana


No soy un buen televidente. A esa caja electrónica, análoga y tan famosa como la de Pandora, le dedico el tiempo de seguir noticias, alguna película y un buen juego de pelota. Poco menos. Poco más. Pero una noche reciente me senté frente a ella para asistir al corrimiento del velo de la teleserie cubana Doble juego, de Rudy Mora. No sé cómo se denomina a ese antecapítulo inicial, donde se exponen bases y presupuestos de trabajo de lo que luego veremos; lo cierto es que aquel me atrapó.

El director había confiado su primer impacto al desfile de varios rostros muy jóvenes y desconocidos en la pequeña pantalla, sobre todo para que nos contaran la relación entre sus personalidades en formación y los personajes asumidos por cada uno de ellos. La extraña verdad que emanó de tales confesiones ha podido comprobarse a lo largo de la proyección del material.

Aunque  para mí fue imposible ver cada capítulo, ello no me impedirá participarles algunas impresiones, las cuales no pretenden, además, ese tipo de crítica que llamo taxativa, donde fallos e incongruencias son árboles que no dejan ver el bosque. Y el bosque de Doble juego es, sin duda, grande.

Tiene como mérito artístico el develamiento de la realidad que vivimos los cubanos a través de un lenguaje novedoso. Fíjense que quiero interrelacionar ambos “polos” porque de nada vale en arte “la realidad por la realidad” como tampoco un trasnochado arte por el arte. La teleserie salva ese siempre planteado abismo al encontrar correspondencias entre su lectura de la sociedad (y no su mera presentación) y el servicio que como vehículo de tal lectura ofrece la experimentación dentro de los códigos televisuales; algo por demás sumamente riesgoso en medio tan adocenado y de recepción tan pasiva en cualquier parte del planeta.

Por tanto, cuando digo realidad o sociedad no me refiero única ni esencialmente a la penetración de Doble juego en aspectos álgidos del presente de nuestro país, sino a la capacidad de los realizadores de dotarlos de vida propia. Porque también en Obsesión fatal, de la saga de Día y noche se muestran cosas de la cotidianidad, si entendemos por ello gente que roba, atropella o mata, pero, Dios mío, qué desperdicio de transformación, que desustanciación de lo real, que mundo tan edulcorado, tan infiel, en el cual, por citar un ejemplo, el caso de una mujer a la que han rescabucheado, es entregado directamente por el jefe de la estación a un mayor inmerso en una investigación sin avances  ostensibles.

Rudy Mora y su equipo operan de modo diferente. En un nivel primario observamos la gorda aterrada por la represión a la cual es sometida por sus padres; el niño bien, pesado y chulampín; la abandonada que vende cosas en la escuela; la hija de un padre violador... Mas el hallazgo profundo nos llega con la imagen que registra al lado de una pared que brilla, otra descascarada y aun otra que se cae; que muestra los cuerpos sudados, sin afeites, hijos del calor de la calle, del esfuerzo de oficios profesionales o domésticos; que se detiene en la belleza de los rostros juveniles asaeteados por angustias y dudas; que no los esconde cuando comen, con o sin  modales, o se lavan la boca; que disfruta los  diversos tonos corporales, gestos, cadencias y movimientos de viejos y jóvenes; que así mismo hace con el idioma...


Doble juego
se abre en fin a nuestra heterogeneidad que es nuestra riqueza. Asume con extraordinaria capacidad su diálogo con lo social, precisamente en un tiempo en que buena parte del arte nacional se desentiende de este; y lo propone además desde un medio de gran impacto público. No sé si gracias a que esta Isla es tan particular, la teleserie interese en otras partes. No creo que importe en lo más mínimo. Prefiero mil veces este juego.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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