LA JIRIBILLA
CONVITE DE CENIZAS

Argenis Osorio Sánchez


La vida se estaba yendo en pensar si habría lluvia o creciente parida en el Parakí, más allá de junio. La guerra había terminado y los girasoles habían comenzado a florecer por encima de las cabezas de las estatuas del parque central.

Cualquiera que hubiera visitado al pueblo por esa época, se habría dado cuenta de que faltaba apenas un poco de paciencia para convertirse en cemento sembrado en las calles. De seguro se hubiera preguntado por qué el sol salía cuando le daba la gana y por qué en la farmacia un cartel que anunciaba la inexistencia de rojo aseptil se caía en pedazos sin que a Fabiola le importara. Pero nadie nos visitó en mucho tiempo y las cosas siguieron ensopadas en los castillos de frutas marabuceras con que los niños aprendían los engaños de la pelota.

Las clínicas se cubrían de un limo verde oscuro donde las ramas de algunos árboles se disputaban sitio para dormir las siestas. Los tres médicos que todavía quedaban, más por cariño al pueblo que por certidumbre de que algún día alguien se enfermaría, lavaban una y otra vez las batas raídas y bostezaban sobre un tablero de ajedrez que en lugar de sostener fichas daba asiento a frijoles de diversos tipos, tamaños y colores.

Un pueblo condenado al aburrimiento pero negado a la muerte. En más de cincuenta años nadie se había muerto y llegó el momento en que los que lograban enfermarse eran agasajados en la plazuela central de la comarca. Pero de inmediato los reflejos de alivio que traían casos semejantes se esfumaban porque los dolores se iban tal como llegaban, los huesos rotos se soldaban con una brizna de risa sobre los parques, los tasajos de brazos y costillas que se conquistaban en las fiestas desaparecían en menos de ocho horas ante el asombro de todos y sin que nadie tuviera explicación para aquello.

Por eso cuando alguien habló sobre un cementerio por si los destinos del pueblo cambiaban, fue censurado con una bulla que destapó dos horas de aires y aguas preñadas de granizos.

Fueron los muchachos que estaban cobrando un real por los chicotes congelados más grandes los que pudieron verlo primero.

Pero nadie les hizo caso cuando fueron con la noticia y luego de los primeros minutos del asombro ellos también le olvidaron para seguir tras el tin tin de los tejados.

Él fue a echarse a un costado del puesto de leche debajo de una mata de plátanos y estuvo allí cuarenta y ocho horas sin levantar sospechas, pues todos creían que pertenecía a algunos de los que estaban en la cola de la leche desde hacía más de doscientos años sin saber todavía en qué momento se repartiría el líquido que, en otros tiempos, había servido de bastón triunfal a los gobiernos huecos y corroídos de la mala propaganda social.

Tipi, el loco del pueblo, le pasó una mano por el lomo, hizo dos o tres muecas gastadas y volvió a su turno en la fila.

Inicialmente nadie creyó que podría morirse, pues ya estaban cansados de que los rondaran cosas con estampa semejante, pero luego seguían ahí sin una migaja de intención hacia la muerte. De modo que no se preocuparon y cada quien siguió en lo suyo. Él volvió a reacomodarse en la hierba y buscó otra piedra más tranquila para colocar la cabeza. A los pocos minutos sus ronquidos casi despeinaban los botones de rosas que intentaban hallar la cerca perimetral más allá de la escuela.

–A ver, dos más dos.
–Cuatro, maestra.
–Correcto, muy bien. Un aplauso para Javier.
–Siete por nueve.
–Muy bien. Se ve que se están preparando. Este tiene que ser el mejor grupo del año. Sí o no…
–Sííí…
–Receso de veinte minutos.

Y los niños salían, corrían, tiraban piedras, pelaban naranjas, llenaban de churre el uniforme pero ninguno hablaba de él. Era como si no existiera, como si su presencia no fuera a enrarecer la tranquilidad de todos. Había vuelto a sentir hambre y se estaba sacudiendo para ir en busca de algo.

Pasó por la escuela pero no se le ocurrió que hubiera nada de interés detrás de aquellas paredes erizadas, silenciosas, erizadas, lejanas. Siguió hasta llegar a la clínica de la Calle de los Aniversarios, cogió una de las tantas ranas que, aburridas y confiadísimas de que eran mimadas, exhibían su panza al sol. Él mordió pero solo una vez y en una de las ancas. Entre asustada y somnolienta la saltarina efectuó un malabar que despertó a todos. Él terminó de tragar, diciéndose que su estómago necesitaba más de aquello, pero cuando fue por la otra parte ya estaba rodeada. La gente se había apilado frente a la clínica cuando la voz de que una rana se estaba muriendo saltó de puerta en puerta.

Nuestro primer fallecido en cincuenta años, todavía no lo está, será mejor esperar a que termine de morirse de una vez, yo no quiero ni verlo, me llevo a los niños, Manuel, nada de eso, déjalos para que tengan algo que contar, y dónde la enterramos, vieron que lo del cementerio no era ninguna tontería, pero es que no hizo falta tampoco, alcalde, queda algún terrenito por ahí, habrá que revisar, habrá que revisar y sobre todo esperar a ver si muere o no, miren ha dejado de moverse, habrá muerto, doctor, sí, sí, díganos, hay que revisar el pueblo a ver si alguien todavía guarda un ataúd de cuando la guerra, las flores, tenemos que pensar en las flores para la corona, la, usted, ha dicho, la…, al menos cada cuadra debe aportar una corona, está bien, pero con qué tipo de flores.

A esta altura él se había sentado en medio del círculo. Las voces le llegaban inexplicables, indescifrables, casi apagadas, como ecos. La saltarina cada vez saltaba menos.

En medio de un silencio casi de sepulcro y sin comprender absolutamente nada vio cómo uno de ellos cogía la rana, la miraba con detenimiento por algunos minutos, movía la cabeza en gesto de desaprobación para luego soltarla de nuevo, momento que ella aprovechó para buscar refugio en unos senos que como almohada le transmitían cariño. La dueña de los senos no se inmutó y ni siquiera preguntó.

Y entonces, doctor, sí, hable, que nos tiene nerviosos, una visera gastada, claro, este maldito pueblo necesita un muerto, no podemos seguir vivos toda la vida, una cara de un solo ojo, se muere o no se muere, doctor, un revoltorio de canas, habrá que esperar. Les pido que vuelvan a sus labores y si el cuadro clínico empeora avisaré de inmediato, pero cómo, no se muere la muy desgraciada, una boca sin dientes, es mejor que vayan organizando los turnos de guardia. Escojan a los más veloces, los mejor alimentados. Miren bien los que abrirán la sepultura en caso de que sea necesario. Alcalde, vaya pensando en lo del terreno. Tenga en cuenta que a partir de ahora será nuestro cementerio. Ahora, por favor, les piden que se retiren, un momento, doctor, sin trampas, ni un tantico así de trampa, una mano de dos dedos, cómo se te ocurre, si el doctor nos mata la ilusión, tendremos que esperar cincuenta años más o quién sabe, en la plazuela a las ocho, es preciso que se tome una decisión.

Casi al mismo tiempo, justo cuando iban a hacer lo más insignificante de sus vidas, los hombres del pueblo cayeron en la cuenta de que no había funeraria. La última que tuvieron estaba siendo utilizada como almacén.

El pueblo comenzó a llenarse de nubes grises por todas partes y de nuevo la lluvia lavó las calles. Muchas suelas dejaron el fango de los patios sobre el asfalto. La plaza pública comenzaba a caer rendida ante los castigos de la noche cuando entró el último de todos y se inició aquella reunión. Alguien barrió el agua que hacía nadar el blanco del alcalde, luego pasó un paño de terciopelo y por último colocó el almohadón antihemorroides.

El alcalde habló, propuso, solicitó opiniones y esperó. Solo respondió el silencio, el chapotear de los que se movían en el mismo lugar, las nubes grises allá en el cielo.

Uno de los médicos dijo que tal vez la farmacia se podría montar en una sala de operaciones que no se usaba desde los cincuenta. Solo que no hay luz y las mujeres tendrán que trabajar por varios días. No sirve, dijo el alcalde y escribió algo. Uno encendió un cigarro, otro se rascó la cabeza pero ninguno se dispuso a hablar. Todavía no habían escuchado el ruido que venía por entre las enredaderas de la escuela y se detuvo en la imprenta por unos segundos.

Luego dobló por el pozo de la basura, acarició el badajo de una campana utilizada para llamar al pago de los impuestos y enrumbó hacia la plazuela. Habrían de ser como las ocho y media. El lugar se estaba llenando de bostezos. Los ronquidos hicieron que el interés se desviara por unos minutos. Volvieron a verlo allí, tendido contra el muro sembrado de botellas rotas. Dormía sin ocuparse de los mosquitos que le aguijoneaban. El que construya la funeraria, dijo el que fumaba, el muerto es suyo. De eso nada, ese muerto es de todos, nadie nos puede quitar ese derecho, gritó el alcalde ajustándose al primer decibel de los que se permitían en reuniones públicas para luego saltar, lo tengo, la escuela, eso, la escuela será la funeraria.

Los grillos cercanos movieron más alto sus patas y algunos cocuyos, locos por saber del chisme, husmearon entre los bolsillos de algunas camisas.

Es o no es buena la idea, preguntó el alcalde y volvió a escribir algo al tiempo que dejaba escapar una ventosidad de triunfo que muy pocos supieron.

Entonces habrá que esperar a que termine el curso, alcalde. No, no es necesario esperar, digo, si están de acuerdo. Escuchen: el curso habrá de terminar en unos veinte días. Lo que no han aprendido hasta ahora difícil que puedan aprenderlo en tan poco tiempo. Propongo que dejemos el curso como está y pasemos a los muchachos de grado y resuelto el problema.

Y entonces los que trabajamos en el plan de estudios trabajamos por gusto, alcalde.

No, no, de ninguna manera. Ustedes hicieron su trabajo y muy bien. Pero las circunstancias han cambiado. Es necesario que entiendan.

Miren, señores, el alcalde tiene razón; no hay mejor lugar que la escuela. Además, de ser allí, tendríamos que utilizar las sillas de todas formas, pero podríamos llevar asientos de la casa o hacer unos bancos clavados en la tierra, una cosa, pero es que nadie ha pensado en una cosa, cuál es el lugar que tiene el mejor techo del pueblo, aparte de la iglesia, efectivamente, la escuela, no se han dado cuenta que estamos en época de temporal.

Los hombres se miraron unos a otros en la penumbra y quedaron pensativos por un rato, volviendo en sí por un pájaro que graznó, un caballo que relinchó a lo lejos y una señal que conocían de memoria. Algo había sucedido en la clínica. Quizás y para felicidad de todos, la saltarina estaba muerta. Dice el médico que vayan rápido, dijo el mensajero que entró jadeante a la plazuela. En las aguas del Parakí muchos peces corrieron a sus cuevas y volvieron a salir.

El grupo llegó en perfecto desparpajo a la clínica, algunos viejos se quedaron rezagados y los que llegaron primero se sentaron delante para oír las palabras del médico.

–Dejó de moverse por unas horas. Pensé que estaba muerta pero se ha vuelto a mover. Las mujeres que me asistían son testigos de que no hicimos nada para evitar el sangramiento, pero la hemorragia se ha detenido y por el color de los ojos creo que comienza a recuperarse del todo.

Pero no hay esperanzas, aunque sea mínima, doctor, tenemos que esperar por los menos hasta mañana alrededor de las diez o de las doce.

El alcalde avanzó unos pasos, mejor, dijo, así terminan el curso ahí mismo por si hay que utilizar la escuela como funeraria. Alguien que se encargue del ataúd y de la cruz. Padre, una misa de ciento cincuenta minutos y si necesita alguna otra cosa no tenga pena en molestarme. No hay manos mejores que las de Dios para casos como este, señores, descansen un poco que mañana en el pueblo habrá mucho movimiento. Los que están de guardia que se vayan rotando, que siempre haya uno con menos de veinte años para que corra si hay que avisar antes de tiempo.

Poco a poco fueron dejando libre el patio de la clínica y entonces Fabiola entró junto al médico para ver la rana de cerca. Sus años en la guerra lidiando con la sangre, sus horas desveladas por las heridas de los perros exploradores, le granjeaban cierto respeto en este pueblo que había ayudado a fundar. Dueña de la única farmacia, ahora se entretenía en barrer los parques siempre con una escoba de palmiche. A cambio la gente le dejaba algunas monedas.

Con la rana entre las manos confirmó lo que muchos ignoraban. Vio a los médicos allí, de espaldas y entretenidos, definiendo la suerte de una dama inventada con fondo de latas, que no tuvo valor para decirlo. Salió despacio y fue a la estatua de Niña Lila a rezar decenas de Avemaría en espera del amanecer.

Allí la encontraron con los ojos perdidos hacia los ojos de la santa y con un abrazo de girasoles entre las manos. La creyeron muerta y primero hubo espanto, luego gritos y alegrías, desesperación, intentos de organizar la parranda del siglo, deseos de soltar por fin el convite de cenizas. Que una persona muriera significaba que el maleficio atrapado en las escrituras del tiempo comenzaba a romperse o lo que era lo mismo: otras personas también podían comenzar a morir de un momento a otro.

Los más ancianos, castigados a vivir por encima de los doscientos años estarían más apurados que nadie para marcharse de una vez. Los que tenían en sus entrañas la inoculación de enfermedades mortales agradecerían y las madres encargadas de alimentar a pequeños grandes monstruos cesarían en el ofrecimiento de votos al señor.

Pero estaban equivocados. Fabiola tan solo se había quedado dormida mientras conversaba con Niña Lila. Cada cual regresó a lo suyo y de pronto el pueblo se estancó en la inercia de siempre.

A eso de las nueve de la mañana una tiñosa pasó más bajo que de costumbre y se posó a la expectativa en un algarrobo que coronaba el parque infantil. Pocos hicieron caso. Los muchachos siguieron tirándose frutas de marabú y se quedaron abandonados por los mayores quienes se estaban agrupando frente a la clínica en espera de la confirmación.

–No va a hacer falta ni el cementerio ni el ataúd, tampoco las coronas y mucho menos detener el curso escolar. Esta rana no se va a morir, dijo el médico con los ojos llenos de lágrimas.

Nadie habló, ni protestó. Estaban seguros de que si no moría, de cierta forma ellos ya la habían matado y enterrado.

La señora dueña de los senos dijo, quiero llevármela, nunca tuve hijos, ni marido, ni familia.

–Estar así es como estar muerta también, dijo alguien.
–Es verdad, ¿Por qué no la sacamos de una vez de este mundo?
–Eso va contra las leyes. Nadie puede matar a nadie, nadie puede apurarle la muerte. Todos debemos respetar el maleficio. Es la única forma de regresar a la normalidad.
–¿Y cuánto falta?
–Nadie sabe. El tiempo está escrito en el tiempo y nadie lo sabe.
–Sí, hay que esperar. Paciencia, necesitamos mucha paciencia. Este mal no puede durar toda la vida de la vida.

La mujer, ya dueña de la rana, respiró hondamente y la rabia le hizo brillo en los ojos. Llevó la palma de su mano a la frente y espantó de allí varias gotas de sudor, luego cayó en redondo haciendo que su cabeza chocarse contra los travesaños de un taburete. Fabiola entró en esos momentos y como si todos se hubieran puesto de acuerdo le dejaron el paso libre. Llévenla hasta la plaza y si quieren oír la verdad, reúnanse allí en dos horas, dijo mirando al alcalde por detrás de una montaña de humo. Salió.

Todas las casas quedaron vacías, todos los jardines solos, todas las calles muertas, todos los charcos secos. Nadie faltaba en la plaza. A la izquierda de la tarima el padre miraba a la grey, el alcalde hacía señas para que siguieran colando café y un grupo de hombres acomodaban a los niños dormidos sobre los promontorios de tierra preparados para la ocasión. Las mujeres se sentaron en el suelo. Alguien contó, uno, dos y tres y de todas las gargantas del Parakí salió el himno nacional. Luego se oyeron dos Avemaría interpretadas por el coro de la iglesia y finalmente el canto de la vida eterna por las quince muchachas negras del pueblo.

Se hizo un silencio de muerte y Fabiola subió al estrado.

–Les pido por favor, que nadie me interrumpa. Solo después de ver aquella rana de realizar algunas averiguaciones he decidido contar lo que sé. No crean tampoco que tengo toda la verdad. Cada quien es libre de pensar a su manera.

Unos se miraron de reojo. El alcalde bebió otro sorbo de café y el padre miró al Cristo que colgaba de su cuello. Una mujer le sacó una caspa a otra que le quedaba enfrente.

–Es verdad que llevamos más de cincuenta años sin que fallezca nadie, dijo Fabiola, ni siquiera una rana. Alguien dijo una vez que el pueblo había sido hechizado por tumbar las estatuas de la libertad y nadie se atrevió a averiguar. La rutina, la cabrona rutina dio cuenta de nosotros. Pero los más viejos saben que en este pueblo nunca hubo una estatua. Señores, seamos honestos y acabemos por aceptar la verdad. Aquí no muere nadie porque nosotros mismos estamos muertos desde hace cincuenta años. Este es un pueblo de muertos y no lo queremos aceptar. El miedo nos corroe y es lo que más daño nos hace. ¿Acaso creen que es humano el no morirse ni siquiera por una enfermedad mortal? Seamos valientes de una vez y estemos de acuerdo en que ni esas calles, ni esa escuela, ni esos niños, ni ese río, ni el punto de leche, ni la iglesia, ni el parque, ni nosotros mismos existimos. Nos hemos quedado vivos, pero tan solo en la ilusión de la muerte. Apenas nos damos cuenta de que a muchos nos queda cabeza, que otros no caminan sino que se arrastran. Basta de engaños ni de creernos que la muerte es una desgracia. Dejemos de estar tiesos como esas flores que son tan falsas como estas palabras. Era todo, ahora que cada quien escoja cómo desea vivir, si muerto para los vivos o vivo para los muertos.

Fabiola entonces bajó los ojos hacia la muchedumbre, pero allí no había nadie. Ni siquiera aquello era una plazuela, tampoco un pueblo. Al palpar sus ropas, que creyó mojadas por la lluvia, no se asombró de que su cuerpo fuera tan solo un concierto de huesos ausentes sobre el viento.

Tomado de Convite de cenizas, Ediciones Santiago, 2002.
 


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La Habana. 2002
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