LA JIRIBILLA
Doble juego, catarsis y exorcismo
 
Un acontecimiento cultural, más allá de los habituales cauces evasivos de la telenovela contemporánea, ha resultado la serie Doble juego, una historia de adolescentes, y de sus padres y maestros, que promovió la comprensión y aceptación, una obra madura en términos conceptuales y bien renovadora en cuanto a forma.


Joel del Río |
La Habana


Que la realidad es compleja, y que no cabe para nada en los estrechos cauces temáticos y estilísticos de la telenovela habitual, parece ser una certeza de Rudy Mora, el director y coguionista de Doble juego, habitual realizador de muy notables video clips —junto a Orlando Cruzata. Mora debutó en el dramatizado con La otra cara, que en el año 2000 provocó similar ola de reservas y prevenciones entre un público poco habituado a la estética videoclipera con sus encuadres rebuscados y angulaciones inusitadas, sus efectos sonoros poco tradicionales y su edición entrecortada, heterodoxa. Pero esta vez, las reservas cedieron a la altura del capítulo cuarto o quinto, en tanto la inmensa mayoría del respetable se sumergió gustoso en una trama cuya espina dorsal a todos atañía: nada menos que las siempre problemáticas relaciones entre adolescentes y padres, en un ambiente que sutil pero ostensiblemente, refractaba algunos de los principales conflictos de la Cuba de hoy.

Pocas veces se han exhibido con tanta propiedad y responsabilidad, como ocurre esta vez, los apremios, las exclusiones e incluso el estigma que puede conllevar la percepción de ser “diferente” en tanto joven e indocumentado. “Diferente” por aspirar de súbito a tenerlo todo sin el sacrificio y el esfuerzo necesarios. Doble juego, con perdón de quien se ofenda, hace caducar de plano tanto culebrón clasicista, de ánimo arqueológico y espíritu entre ortodoxo y reaccionario. No me queda otro remedio que ser tan franco como la misma obra cronicada y admitir que me sedujo la articulación fluida de tantas historias, personajes y conflictos; que me atrapó esta serie por su franca defensa de la sinceridad, por su empeño en validar las virtudes sin tratar de silenciar los errores y por mantener frente a los descalabros y desmanes espirituales una actitud comprensiva y responsable. Mora no buscó la originalidad a ultranza pero consiguió relatar, de manera distinta, asuntos tan delicados como el desequilibrio y la desestructuración familiar, las carencias afectivas y las condicionantes diversas de la inadaptación en una edad en que todo se vive a la tremenda, en un tiempo en que nos vemos animados por una suerte de maximalismo en que todas las cosas son blancas o negras, verdaderas o mentirosas, valientes o cobardes. Vimos en la pequeña pantalla las llamadas situaciones de conflicto e irregularidad en las cuales los jóvenes comienzan a construir y a legitimar, su identidad, sin que en ningún momento se abandonara la intención de explicar cada comportamiento individual a partir del medio familiar, económico y social.

Entre los realizadores cubanos de televisión predomina cierto temor al tratamiento de lo contemporáneo. Todo el mundo tiene referencias, opiniones, y el público cubano está acostumbrado, y le exige a los dramatizados de este corte, verismo, honestidad y rigor. Rudy Mora no se arredró ante tamaña empresa, y apoyado en el guión de Olga Consuegra, modeló la efigie de personajes cuya primerísima virtud es su humana flexibilidad. Los nueve adolescentes, concentrados en torno a la escuela, y particularmente alrededor de la profesora de Español y Literatura, hablan como cualquier hijo de vecino, y como tal se comportan, sin esquemas ni teques. Además, como quien no quiere la cosa, en el trasfondo visible, aparecía una galería riquísima de tipos humanos en la que no faltaban “bisneros”, prostitutas, presidiarios, consumistas, frívolos, machistas, intolerantes... en fin, un completísimo catálogo de esos seres humanos que, a veces, con algo de prejuicio, llamamos gente simple, común, de a pie.

No faltaron soluciones dramatúrgicas un tanto previsibles, algunos desenlaces bruscos o complacientes, aunque en la piedra angular de la serie se amalgamaban curiosamente convenciones y riesgos, costumbres y cuestionamientos, simple exposición y franco enjuiciamiento. A todo ello contribuyó la realización íntegra en exteriores (con sus figurantes y locaciones de índole hiperrealista), la formidable canción de Polito Ibáñez transformada en instantáneo éxito y las relevantes actuaciones de un grupo de debutantes (en especial Mónica Alonso y Liety Chaviano) que supieron ponerse a la altura de los consagrados (Corina Mestre, Raúl Pomares, Miriam Socarrás, Broselianda Hernández). Mucho se ha discutido en la calle a propósito del personaje de la maestra, tal vez demasiado modelada en el arquetipo positivo, pero igual de evangélicos resultaban memorables composiciones como las de Robin Williams en El club de los
poetas muertos, o de Meryl Streep en La música del corazón, y a nadie pareció molestarle el exceso de azúcares y de virtudes. Así que no veo por qué algunos intentan demeritar la obra toda a partir del lunar, además de que cada televidente aceptó o no esta imagen quijotesca y estoica del magisterio, de acuerdo con su personalísima experiencia.

En ochenta y dos locaciones capitalinas, con un elenco numerosísimo, y la ambición de ser fiel a la realidad, y de interesar a la gente a partir de contemplar con ojos cuestionadores su propia existencia, Doble juego ha dejado de ser meta para convertirse en punto de partida. Rudy Mora —el realizador de 107 video clips, algunos de los cuales tienen rango suficiente para MTV— puede sentirse satisfecho de haber emocionado a millones de cubanos, a la vez que los compulsó, amablemente, a preguntarse cómo marchan sus relaciones con los jóvenes, con lo nuevo, con los recién llegados, con todos esos que carecen de otro aval que no sea su impulso poderoso y el inmenso deseo de hacer y fundar.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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