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LA
JIRIBILLA
FIN DE SIGLO
Karla Suárez
Llovía. Anaïs llegó a
la acera del bar, miró el reloj y se detuvo. Aún
faltaban veinte minutos, así es que tocaba esperar.
Trató de cobijarse lo mejor que pudo bajo el paraguas y
respiró profundamente. Tenía veinte minutos para
calmarse. Lo malo era que llovía y sentía frío en los
pies. La gente pasaba muy de prisa sin apenas notarla.
Ella debía serenarse aunque el corazón batiera fuerte.
Sonrió imaginándose ridícula. ¿A quién se le ocurre
pensar en un historia de amor en el último año del
siglo? A nadie ciertamente, pero debía calmar su
sobresalto. Tenía veinte minutos bajo un paraguas. Debía
esperar.
>Leonardo, ¿estás ahí?, soy yo, Leonardo, acabo de
entrar, voy por un cigarro y regreso, dime si estás ahí…
>Leonardo, ¿donde estás? Si no apareces cierro, porque
tengo hambre, sólo quería darte las buenas noches, acabo
de llegar a casa, ¿estás ahí?
>¡Anaïs! Hola, princesa, te estaba esperando, ¿cómo
estás? ¿por qué demoraste tanto esta noche?, estaba
hablando con Roberto35 por eso no te respondí enseguida,
cierra y nos vamos al privado, estoy feliz :- )))))))
Habían prometido no decir sus verdaderos nombres. Él era
Leonardo porque le gustaba la pintura. A ella le
gustaban las historias de Anaïs Nin. Hacía ya casi seis
meses que se conocían, primero entre conversaciones
varias con la gente del chat. Luego, como ocurre casi
siempre, poco a poco, fueron prescindiendo de los demás
y de los furtivos huéspedes que aparecían cada noche
invitando a orgías virtuales, o a encuentros inmediatos.
Éste era un canal serio. Leonardo y Anaïs eran ya viejos
navegadores, por tanto no tenían la curiosidad de los
primeros tiempos. Esa necesidad de responder a cada
nuevo nombre. O esa ingenuidad que impide a los
inexpertos reconocer si la persona que está del lado de
allá de la línea es un adolescente que juega, o un padre
de familia buscando amante, o un homosexual, no importa
el sexo, que intenta reconocerse. Para ellos ya era
fácil. Bastaba entrar, saludar a los viejos conocidos,
intercambiar sonrisas digitales y cerrar todas las
ventanas para quedarse solos. Ellos dos conversando la
madrugada entera, aunque al otro día hubiera que volver
al cotidiano, y a los despertadores y los ruidos.
>¿Leíste el poema que te mandé?
>Lo tengo en la cartera, anoche lo leí tres veces, es
precioso Leonardo, te agradezco tanto, desde que nos
conocemos apenas he abierto un libro, y no me
arrepiento, claro; anoche estuve a punto de volver a
conectarme para decirte lo mucho que me había gustado,
pero tú seguramente ya estabas durmiendo.
>Sí, después de tus “buenas noches” sólo me quedan
minutos para cerrarlo todo y acostarme, sabía que te
gustaría el poema, y no veía la hora de sentirte, lo
sabes, paso el día contando los minutos que me separan
de la noche, casi casi que tendré que comprar una
computadora de esas portátiles, así podría estar todo el
tiempo a tu lado, Anaïs, y saber qué piensas cuando
caminas por la calle, o qué idea te viene a la cabeza
cuando te cepillas los dientes, o muerdes un pedazo de
pan, yo qué sé, todo lo que dice el poema es lo que
quisiera decirte, pero no tengo palabras, a veces me
faltan las palabras.
>No es verdad, Leonardo, tengo cientos de palabras tuyas
en la memoria de la computadora, tus palabras me
acompañan todo el día, me ayudan a despertar y a tener
fuerzas, sabes que antes de la computadora mi vida era
una sucesión de horas sin sentido, ahora tengo tus
palabras, te tengo a ti que conoces todos mis secretos,
tengo tus sueños y tus miedos, ahora sé que sin tus
palabras ya no podría continuar, te estoy preparando una
sorpresa, ya verás, muy pronto corresponderé al envío
del poema con una sorpresa mía, pero no preguntes qué
es, es una sorpresa.
Habían prometido no mandarse fotos nunca. Ellos serían
ellos mismos sin necesidad de un rostro etiquetado
dentro de un montón de bits. Así serían libres de
conocerse e incluso de imaginar los gestos que pudieran
estar del otro lado de la línea. Sucede siempre así y
ellos, por ser viejos navegadores, conocían la
psicología que funciona en la red. Ya se habían contado
incluso, sus experiencias anteriores. Aquella vez que
Leonardo creyó conocer a una y le envió su foto, y ella
lo correspondió con fotos diversas, en diferentes
lugares o con personas distintas. Y Leonardo pensó que
era una mujer muy joven y bonita, quizás demasiado
joven, pero interesante. Un poco inconstante, eso sí,
unos días muy alegre, otros esquiva, olvidadiza. Hasta
que una noche casualmente, viendo un servicio en TV
descubrió que las fotos eran de la cantante americana
que andaba de moda en esos tiempos. Leonardo, un poco
fastidiado, y con la vergüenza de quien ha sido un
estúpido, quiso saber y entonces se atrevió a preguntar
abiertamente en el chat si alguien conocía a esa mujer.
Fue cuando Roberto35 le escribió diciendo que no
perdiera el tiempo. A él le había ocurrido una cosa
similar hasta que descubrió que la mujer en realidad
eran tres personas diferentes. Tres muchachas de la
universidad que cuando no tenía gran cosa que hacer se
metían en el chat. “Pero esto es un canal serio”,
pensaba Leonardo. Y así pensaban todos, “los que eran
serios, claro”, decía Anaïs, porque ella también tenía
sus historias. Una vez, al inicio, apenas a unos días
de la primera conexión, había conocido a Kris. Y con
Kris la simpatía fue inmediata, porque ambos compartían
una pasión por la misma escritora. Comenzaron hablando
de sus libros. Luego Kris quiso saber más de ella. Para
Anaïs era un poco chocante eso de estar hablando a
través de una pantalla, pero a la vez era un alivio. Era
territorio seguro y entonces habló de ella. Dijo que se
sentía sola, que era difícil encontrar personas
similares, difícil conversar. Kris le hablaba con la
sutileza de un sabio. La hacía estar en calma y dejarse
andar en confesiones inocentes, hasta que propuso que en
lugar de mandarse fotos, que además no siempre venían
bien, era mejor darse cita en algún lugar. A Anaïs el
corazón comenzó a batirle. No estaba acostumbrada a
salir con desconocidos, aunque Kris de alguna forma no
lo era. Entonces se armó de coraje pensando que quizás
éste era el hombre de su vida, y no estaba dispuesta a
perderlo por sus eternos miedos. La cita fue a las nueve
de la noche frente a una heladería, junto al cartel que
decía “prohibido estacionarse”. Anaïs llegó primera y lo
esperó. Kris llegó después un poco nerviosa por el
primer encuentro.
- ¿Anaïs? Yo soy Kris.
Extendió su mano y su mano era de dedos largos y finos.
Sus ojos transparentaban una emoción extraña. Su collar
hacía juego con el resplandor de las luces de la
heladería que llegaban a los ojos tristes de Anaïs.
- Mira, te traje un libro de ella, de nuestra escritora.
- ¿Por qué no me lo dijiste? Yo no sabía que tú… -a
Anaïs se le hizo un nudo en la garganta.
- ¿Que soy una mujer?, creí que lo habías entendido
desde el principio, creí que para ti también era difícil
por eso no hacía falta entrar en detalles. ¿No me habías
entendido? Yo no me dedico a engañar, estoy tan sola
como tú…
Anaïs dio un brusco giro golpeando sin querer el libro
que cayó al piso y ahí se quedó, junto a Kris y al
cartel de “prohibido estacionarse”. Fue por eso que
decidió no aceptar nunca más citas tan tempranas. Era
por eso que a Leonardo no lo había visto nunca. Y era
mejor así. Iban conociéndose sin predisposiciones, sin
dejarse influenciar por falsas apariencias. Sabiendo que
hay cosas que sólo pueden confesarse cuando tienes la
certeza de que no hay nadie que te mira. Nadie que hace
una mueca con la boca, o que cambia la vista hacia otro
lado. Nadie que va a interrumpirte. Sabes que estás en
un lugar seguro y basta marcar la cruz de cierre de
programa para que desaparezca el interlocutor que no te
gusta. Leonardo contaba de su vida y ella lo iba
construyendo. Iba armando los pedazos, cambiándole el
color de los ojos, proyectando sus sonrisas detrás de
los caracteres que construía la pantalla.
>A ver, déjame adivinar, estás sentada con los pies
cruzados sobre la silla y te tomas un café, :-/
>No, estoy sentada normal, y me estoy comiendo una
naranja, ¿quieres un pedazo? :-) si cierras los ojos te
doy un pedazo.
>Si cierro los ojos no veo el teclado, :-p , ¿sabes que
puse en la pantalla la imagen de Da Vinci que me
mandaste?
Alguna vez él se sintió tentado a proponer intercambios
de teléfonos. Podrían al menos conocer sus voces y así
imaginar el sonido de las palabras escritas. Luego
cambió de opinión y no dijo nada. Estaba casi seguro de
que la propuesta podría contrariar a Anaïs. La cosas,
todas, requieren su tiempo justo. Inútil adelantarse.
Una llamada telefónica podía convertirse en costumbre y
entonces ya no sería igual. La comunicación no es la
misma. Frente al teclado, Leonardo ordenaba las
palabras. Tenía un breve espacio de tiempo para pensar
y luego escribir sus ideas. Al teléfono estaría
emocionado y quizás sólo alcanzaría a decir frases
estúpidas. Seguramente a ella le sucedería otro tanto, y
no sabía, quizás el nerviosismo le hacía venir el hipo,
o comenzaba a tartamudear. Era arriesgado. De todas
formas ambos sabían que era inevitable, que algún día se
conocerían personalmente. Y un sexto sentido misterioso
les decía que cuando esto ocurriera no notarían nada
extraño. Sería como si se hubieran visto de toda la
vida.
A veces Anaïs antes de apagar la lámpara de noche,
soñaba con Leonardo durmiendo al lado suyo. Sentía sus
“buenas noches” y se abrazaba a la almohada. Luego
apagaba la luz, y Leonardo caminaba junto a ella y el
hijo de los dos lo llamaba “papá”. Y ella ya no estaba
tan sola. Ya no estaba como siempre imaginando historias
imposibles. Viendo a las familias caminando por la calle
y pensando en su mala suerte. Sabiendo que los años
pasan demasiado veloces y con cada minuto crece la
imposibilidad de encontrar una persona. Te conviertes de
adolescente en solterona con una morbosa facilidad.
Luego los músculos se estiran, la carne se va llenando
de grietas, los ojos dejan de brillar. Te vas volviendo
un ser anónimo. Los que fueron tus amigos de la juventud
han hecho sus vidas y casi nadie tiene tiempo. Anaïs en
verdad nunca había tenido muchas amistades. Nunca fue un
modelo de belleza, ni líder de ningún grupo. Era un ser
normal, lleno de sueños no confesados, como casi todo el
mundo.
>Anoche soñé contigo, Anaïs, no quisiera ofenderte, pero
conoces todos mis secretos, anoche soñé que me besabas.
>Hace ocho meses que nos conocemos, Leonardo, y hace
varios meses que me besas cada noche, es la primera vez
que no sé qué decir…
>No quiero que te parezca precipitado, yo también tengo
miedo, pero quizás sería conveniente… discúlpame, pero
necesito tocar tus manos, yo creo que te amo Anaïs, te
has hecho demasiado necesaria…
Esa noche se despidieron más temprano. Decidieron que
era mejor pensar. Estaban muy nerviosos. Anaïs daba
vueltas por la casa con un cigarro entre los dedos.
Revisó su libreta telefónica, pero no encontró ningún
número adecuado, nadie a quien poder llamar y pedir
consejos. Su único amigo era Leonardo y visto que él era
parte del problema, no se le ocurría con quien
conversar. Sus compañeras de trabajo pasaban la jornada
contándose sus vidas. Hablaban de novios y maridos, de
las discusiones en casa, las traiciones ocultas.
Contaban cada mínimo detalle, pero ella no se sentía en
confianza para compartir su historia. Una vez comentó
algo sobre el chat, y alguna la había mirado con una
risa irónica, y hasta se atrevió a preguntar cómo era
eso de hacer el amor a través de la computadora. Anaïs
lógicamente no volvió a tocar el argumento y ninguna
sabía de la existencia de Leonardo. “Estoy más sola que
un muerto”, pensó encendiendo otro cigarro.
Esa noche Leonardo no durmió. Volvió a la computadora y
se dispuso a escribir una larga carta, pero a cada
párrafo cancelaba todo y volvía a empezar. Era casi
inútil, quedaban realmente muy pocas cosas por explicar.
Ella sabía todo de su vida. Sabía que de joven tuvo un
matrimonio que duró 2 años y después que su mujer lo
abandonó no existieron más historias. Algunas cosas
banales, pasajeras, pero nada que lo hiciera
estremecerse. Nada que le quitara el sueño. “Estoy más
solo que la palabra soledad”, pensó y canceló una vez
más la carta. La única cosa que lo reconfortaba de algún
modo era haber sido capaz de decirle que la amaba. Esta
era su tranquilidad y su agonía. ¿Se puede amar a un ser
que aún no se conoce? Casi de seguro, porque ciertamente
a Anaïs la conocía más que a cualquier cosa. Mucho más
incluso, que a la mujer con quien vivió dos años. Y
después de aquellos años verdaderamente habían
transcurrido muchos más. Demasiados quizás. Acumulando
sueños y barriga. Y escondiéndose detrás de un buró
repleto de papeles por llenar.
>Tengo miedo, Leonardo.
>Yo también.
>Si te digo que anoche no pude dormir ¿me crees?
>Yo tampoco dormí Anaïs, y si te digo que no dormiré
hasta no verte, ¿me crees?
>Te creo. ¿Dónde nos vemos?
Leonardo escribió la dirección de un bar. Era jueves.
Fijaron cita para la noche del sábado. Prometieron no
comunicarse el viernes, como hacen los que van al
matrimonio. Se dijeron buenas noches y apagaron las
computadoras.
Anaïs encendió un cigarro y se miró al espejo. Hacía
diez años su cuerpo era distinto. Los ojos tenían más
luz, y la piel menos marcas. Cambió la vista y suspiró.
“¿y si lo decepciono? seguramente me cree más joven, o a
lo mejor me cree de mi edad, pero no le gusto. Si le
resulto fea no será capaz de decirlo, pero no dirá más
nunca que me ama. Quizás fue un error no mandarnos
fotografías, ni siquiera sé cómo se llama
verdaderamente. Tengo miedo. Tengo un miedo que me estoy
muriendo. Mañana voy a la peluquería. Me doy de enferma
en el trabajo y voy a comprarme un vestido nuevo.”
Leonardo sirvió un trago y se miró al espejo. Necesitaba
afeitarse y quizás le vendría bien pasar un día
durmiendo para aplacar las ojeras. Hacía un tiempo
bastaba aguantar un poco la respiración y la barriga no
se notaba tanto. Ahora era imposible.
“¿y si no le gusto? no, no es posible, ella sabe todo de
mí, sabe que soy un frustrado y no le importa. Sabe que
alguna vez tuve sueños que se desvanecieron con el
tiempo, sabe… ¿qué sabe? Quizás se ha hecho alguna idea
errada, quizás la decepciono. Si no le gustó no me lo
dirá nunca. Me tomará de la mano, y empezará a hablar de
cualquier otra cosa. No, no y no, ya basta, esta vez
todo saldrá bien, ya basta, uno no puede estar solo toda
la vida. Tengo miedo, tengo mucho miedo.”
El viernes Anaïs no fue a trabajar. Llamó en la mañana y
dijo que estaba enferma. Pensó salir a comprarse un
vestido, pero desistió. Si Leonardo la quería tenía que
verla como era. Pasó el día tirada en la cama
aguantándose las ganas de encender la computadora. Por
la noche abrió el ropero y se arrepintió de no haber
comprado el vestido. Estuvo delante del espejo
probándoselo todo, hasta que rompió a llorar con la cama
llena de ropas y ella desnuda. Y todo andaba mal. Tuvo
ganas de cancelar la cita. Mandar un e-mail urgente
diciendo que no podría ir, que algún pariente lejano
estaba enfermo y ella tenía que salir de la ciudad.
Luego cambió de idea. Tomó una pastilla y pensando se
quedó dormida.
Leonardo pasó el día detrás del buró equivocando las
planillas. A la hora de almuerzo tomó un trago en el bar
y no probó su plato. En casa escribió una poesía, que
luego tiró a la basura porque era cursi, y con un
lenguaje adolescente. Empezó a afeitarse, se cortó y
decidió dejarlo para la mañana del sábado. Bebió un
trago y dos y tres. Tuvo miedo que su aliento retuviera
el olor del alcohol y entonces decidió hacer treinta
abdominales y algunos movimientos de brazos. En el
número nueve le faltó el aliento, se dio una ducha y se
sentó a tomar otro trago. Encendió la computadora.
>Anaïs, ¿estás ahí? Si estás responde, por favor, tengo
algo urgente que decirte.
Roberto35 le dio las buenas noches diciendo que pensaba
que Anaïs no estaba conectada. Leonardo comentó cosas
sin importancia. Se despidió y cerró. Sirvió otro trago
y bebiendo se quedó dormido.
El sábado llovía. Ella se vistió como de costumbre y se
miró al espejo. No le gustó mucho la imagen, pero
suspiró y encendió un cigarro. Estuvo parada junto a la
ventana hasta que el cigarro llegó a su fin. Tomó el
paraguas y salió. Él pasó un algodón con alcohol sobre
el arañazo que tenía en la cara. Se vistió como de
costumbre y miró el reloj, aún era temprano, pero
decidió salir antes para tomarse un trago mientras
esperaba.
Anaïs llegó a la acera del bar y se detuvo. Aún faltaban
veinte minutos, así es que tocaba esperar. Trató de
cobijarse lo mejor que pudo bajo el paraguas y respiró
profundamente. Tenía veinte minutos para calmarse. Lo
malo era que llovía y sentía frío en los pies. Sentía
frío adentro. La gente pasaba de prisa y ella miraba los
rostros tratando de descubrir al que esperaba. Leonardo
observaba la puerta mientras alzaba su vaso. Era el
segundo trago y hasta el momento sólo había visto
jóvenes sonrientes, como las muchachas de la mesa
vecina, o transeúntes refugiándose de la lluvia, como
la pareja en la barra, o gente estacionada afuera
esperando que amainara un poco, como la mujer del
paraguas. No quería ver el reloj. El encuentro debía ser
así y él sabía que la reconocería inmediatamente. Anaïs
sintió que el agua alcanzaba sus zapatos y tuvo ganas de
reír. Sabía que Leonardo se sorprendería al llegar y
descubrir que ella esperaba. Pensó que seguramente la
lluvia era un buen presagio. Él cruzaría la calle
lentamente y no tendrían necesidad de preguntar sus
nombres. ¿Qué harían? ¿Se abrazaban? ¿Se mirarían
largamente? Leonardo pensaba que cuando apareciera su
figura en la puerta, él terminaría el trago levantando
la vista, ella se acercaría a su mesa, y entonces, ¿qué
hacían? Seguramente él haría un gesto al camarero para
servir dos tragos más. Entonces se miraban, largamente
se miraban.
De las muchachas que estaban en la mesa vecina, una se
levantó despidiéndose. La otra quedó sola, miró el reloj
y pidió un trago. Anaïs también miró el reloj. Ya habían
pasado los veinte minutos y sintió un ligero
estremecimiento. Se apartó aún más pegándose a la
vidriera del bar. Echó una ojeada a través del cristal.
Vio gente conversando en la barra, y en el salón algunas
parejas, y un señor que bebía solo mirando a la muchacha
que fumaba en la mesa vecina. Leonardo no acababa de
llegar y ella comenzaba a impacientarse. Él sintió que
se estremecía de dolor cuando observó el reloj y
comprobó que la muchacha de la mesa vecina esperaba.
Suspiró profundamente apartando la vista hacia la
puerta, pero en la puerta no aparecía Anaïs. Afuera sólo
estaba la señora del paraguas y un muchacho que acaba de
aparecer frotándose las manos y dando brinquitos.
Anaïs miró al muchacho con el rabillo del ojo y tragó en
seco. Él la observó y se frotó las manos.
- ¿Me puede decir la hora?
Dijo luego de cinco minutos. Anaïs contestó casi sin
mirarlo.
- Las ocho y diez.
- ¡Qué mala noche! –dijo él- ¿Usted está aquí hace mucho
tiempo?
- Un rato, sí… es que llueve mucho.
- Sí, llueve mucho… - él volvió a frotarse las manos y
sacó una cajetilla de cigarros ofreciéndole uno a ella.
Anaïs agradeció y entonces le vio la cara. No era tan
joven, pero tenía una buena figura. Sintió que el
corazón le daba un brinco. Le saltaba en pedazos. Cerró
los ojos encendiendo el cigarro y sin quererlo se le
formó un nudo en la garganta – Disculpe si le pregunto
si lleva mucho tiempo, es que estoy un poco retrasado,
¿sabe? No tengo reloj, y tenía que ver a una persona
aquí, pero llegué un poco tarde, con esta nochecita
tengo miedo perder la cita. ¿Usted también está
esperando a alguien?
Anaïs dibujó una sonrisa un tanto idiota.
- ¿Yo? No, imagínese, yo estoy esperando que amaine un
poco la lluvia, es que… la noche no está muy buena…
- Sí, tiene razón. –dijo él cambiando la vista- Una
noche muy esperada puede destruirse en un instante…
Anaïs intentó sonreír y tragó en seco. Contó hasta diez
internamente y trató de tener un comportamiento normal.
Miró a la calle, fumó y pasó la vista al interior del
bar. Adentro seguían las cosas como antes, sólo que el
señor que anteriormente miraba a la muchacha ahora tenía
el brazo levantado llamando al camarero. El camarero le
trajo un nuevo trago a Leonardo. Él bebió sonriendo
internamente. Desde que la muchacha quedó sola había
fumado tres cigarros y alternado la vista entre el reloj
y la puerta. No quedaban dudas. Anaïs nunca hubiera
demorado a la cita. Ella estaría en el momento justo. Y
era lógico pensar, conociéndola como la conocía, y
sabiendo todos sus miedos, que ella llegaría antes con
alguna amiga para relajarse y prepararse al encuentro.
Anaïs estaba en la mesa vecina y él no se sentía capaz
de dar la cara. Prefería pasar como un tipo cualquiera
que va a beber solo. Era su salvación, porque estaba
convencido de que él no podría gustarle. Era más bella
de lo que había imaginado, y en esos momentos contemplar
su belleza era un goce y a la vez una tristeza. Hubiera
preferido que Anaïs fuera la mujer que estaba en la
barra conversando con un hombre, o incluso aquella
señora del paraguas que fumaba con el muchacho fuera del
bar. Leonardo terminó el trago de un solo golpe y pidió
otro. Anaïs disimuladamente volvió a mirar el reloj.
- ¿Qué hora es?
- Ya las ocho y veinte.
El muchacho hizo una mueca y se frotó los ojos.
- Soy un desgraciado, señora, escogí la peor noche.
Ella tragó el nudo de su garganta y movió los dedos de
los pies.
- Dentro de poco parará de llover, ya verá, yo casi casi
que me voy caminando.
- Pues yo no, yo esperaré y me pueden dar las seis de
mañana aquí, pero esperaré.
Ella sonrió amargamente. Sin dudas Leonardo era el
hombre de su vida, sólo que ella no era la mujer de la
vida de Leonardo. Lo miró largamente como tratando de
conservarlo todo. ¡Cuánto hubiera sido bueno continuar
como antes! Ahora ya todo estaba perdido. Anaïs conocía
su rostro y no era justo. No valía la pena continuar
acumulando ilusiones. El pensamiento vaga siempre muy
veloz y ella se vio vendiendo la computadora,
deshaciéndose de todo. Aceptando su destino de soledad
sin paliativos. Casi tuvo ganas de llorar, y por fortuna
llovía porque así las aguas de los ojos se podrían
confundir con cualquier cosa. No era justo, pensó. No
era justo que el destino le jugara esta malísima pasada.
- Son las ocho y media y parece que ya no llueve tanto,
mejor salgo caminando.
- Gracias, señora, por la compañía, digo…
Anaïs sonrió.
- Gracias a ti… por todo.
Él no la entendió muy bien, pero encendió otro cigarro y
decidió entrar al bar a beber algo. Se apoyó en la
barra, cerca de la caja, desde donde podía observar
bien la puerta. Dio una bocanada al cigarro y esperó.
Cuando el señor tropezó con él, dio un brinco virando el
vaso encima del mostrador.
- Disculpe. –dijo el señor acercándose a la caja- Hoy es
un día fatal, ¿lo invito a un trago?
- No se preocupe, no es nada, lo invito yo.
Leonardo sonrió.
- Mejor no, yo ya he bebido bastante, ¿sabe? –se acercó
confidencial- le pago el trago y desaparezco, debo
desaparecer inmediatamente.
Él no supo qué contestar. El señor pagó y se fue dando
tumbos. Unos minutos después la mujer que esperaba sola
en la mesa se acercó.
- Disculpe, ¿usted está esperando a Aldo, el agente
publicitario?
- Sí.
- Menos mal, temía no reconocerlo… yo trabajo con Aldo,
él tiene un problema de familia, y no puede venir, el
lunes lo espera en la oficina, se disculpa mucho por el
imprevisto, pero el lunes lo espera sin falta, usted no
se preocupe que el trabajo está garantizado, y yo hace
una hora que estoy esperándolo.
Él suspiró aliviado mirando a la mujer que sonreía.
- Gracias y disculpe por la larga espera, pero ya que
estamos aquí ¿me acepta un trago?
>Hola Roberto35, ¿tú sabes si hoy Leonardo se conectó?
>Hola Anaïs, yo estoy hace dos horas, pero Leonardo no
ha asomado la cabeza.
>Gracias, le escribiré un e-mail, buenas noches.
“Querido Leonardo, perdóname si no pude ir a la cita, me
imagino que te habrás sentido un poco mal, pero es que
tengo problemas. Perdóname otra vez, porque cuando envíe
este mensaje, tengo que cerrarlo todo e irme. Salgo de
la ciudad. Ha muerto un pariente lejano, que no por
lejano era menos querido. No sé cuanto tiempo estaré
afuera. Perdóname Leonardo, amor mío, nunca te voy a
olvidar. Te deseo toda la felicidad del mundo.
Tuya siempre, Anaïs.”
Cuando dio el envío, encendió un cigarro y vio que le
entraba un mensaje.
“ Anaïs, amor mío. No imagino qué habrás pensado cuando
no me viste llegar al bar. Todo ha sido un desastre,
parece que la fatalidad me acompañará por siempre. Mi ex
mujer, aquella que no veía desde hace tantos años, tuvo
un accidente y está hospitalizada, casi al borde de la
muerte. Como no tiene parientes, me toca ir para
ayudarla. Parto de la ciudad y no imagino por cuánto
tiempo. De cualquier forma quiero que sepas que siempre
te amaré. Eres lo mejor que me pasado en esta inútil
vida. Me llevo todas tus palabras y a ti en mi corazón.
Te amaré siempre, tu Leonardo.”
El prompt de las computadoras continuó parpadeando
durante toda la noche.
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