LA JIRIBILLA
ENRIQUE DÍAZ QUESADA:
CRÓNICA DE UN RODAJE (II)

Arturo Agramonte y Luciano Castillo
 

Es el miércoles 8 de septiembre de 1 909. La ancha avenida o Calle Real de la Barriada de La Caridad, en la ciudad de Camagüey, rebosa de fiesta desde las primeras horas del amanecer. Las calles que conducen a la plaza están animadísimas. Todos se dirigen a la Feria procedentes de distantes lugares de la ciudad. En la plaza permanecerán, como ya es tradición, durante todo el día.

Otros prepararán sus comidas en el mismo atrio de la iglesia, situada al final de la Calzada, con el auxilio de los romeros y de los vecinos de las calles aledañas, que les proporcionan lo necesario. Alegría y bullicio en el ambiente. Algunos grupos rodean a trovadores que interpretan las canciones de moda.

A lo largo de la Calzada y la plaza, las casas de amplios portales, de los que penden decorativos faroles, tienen sus claveteados portones abiertos de par en par. Por las ventanas de torneados barrotes de madera asoman rostros eufóricos que responden a los continuos saludos de sus conocidos. Unos se detienen a conversar; los más viejos pobladores se dedican a criticar los deslucidos festejos.

—... Aquellas sí eran unas verdaderas ferias —comenta uno—, cuando todos estos portales estaban ocupados por nuestras mesas y a su alrededor se sentaban las familias de bien a jugar a la lotería...
—¡Sshh! Hable en voz baja —le interrumpen— usted sabe que desde la intervención de los americanos ese juego ha sido “prohibido”.
—¿Recuerdan cuando a las diez de la noche la voz del sereno anunciaba que ya era hora de volver a las casas...?
—Cientos de personas venían de fuera a estas fiestas religiosas.

Los comentarios se pierden entre la algarabía de la multitud y el claxon de uno de los pocos automóviles que circulan por las adoquinadas calles. En algunos lujosos coches aún desfilan las familias acaudaladas ostentando sus mejores galas. (4)

Son vestigios de la atmósfera adquirida por esta conmemoración esperada con entusiasmo por los principeños, en la Cuba ochocentista. La Feria, con sus sencillas diversiones, había decaído hasta perder el tono romántico añorado por los cronistas.

En un ángulo de la concurrida plaza se halla un hombre de unos veintisiete años, Enrique Díaz Quesada, situado junto a un trípode el cual sostiene un aparato cuya manivela opera. Suscita un sinnúmero de preguntas entre los curiosos que se acercan y tratan de ver —inútilmente— las “fotografías” que toma.

—Acaba de llegar de La  Habana —murmura alguien bien informado. Es de esa gente del «cinematógrafo».
—¿Cine qué... ? inquiere uno.

—Ci–ne–ma–tó–gra–fo.
¿Es que a estas alturas usted no ha ido todavía a ver películas al cine “El Palatino”, al “Agramante”, o al que está en el Zambrana Park...?
— ¿Ni siquiera el “Apolo” en la Calle República o al “Salón Camagüey”, de Mister Singleton en la Plaza de la Merced...?
— Por supuesto que sí, no les había oído bien —rectifica el aludido. Yo asistí el 4 de febrero a la inauguración del cine “Martí”, frente al parque de Agramonte. (5) Presentaron un corto en el que hasta se veía la procesión cívica realizada aquí el pasado primero de enero.
— Pues aunque mucha gente sigue mostrando una predilección insensata por esa cosa que se empeña en llamar con ese enredado nombre de “cinematógrafo” —interviene otro más conservador— yo me quedo con el teatro. Allí la gente habla.
—Tiene usted la razón, porque a la verdad que al “Principal” ya no se puede ir de lo abandonado que se encuentra, a pesar del equipo sonoro que con tanto recelo instalaron hace cuatro meses.
—Figúrense que la mayoría de las veces, las “vistas” van por un lado y la música de los discos, por otro...

Estallan risas. El operador pide a los que se congregan en derredor que se aparten, pues interfieren el campo visual del objetivo de su primitiva cámara. Con ella enfoca hacia el consabido reparto de limosnas a los pobres a la salida de la parroquia. Así fue como nació el filme Los festejos de La Caridad en la ciudad de Camagüey.

Desde los primeros meses de 1908 había llegado a la ciudad de Camagüey, Pablo Santos, miembro de la firma de distribuidores “Santos y Artigas”, surgida hacia el año 1904. La integraban, además: Jesús Artigas, Tomás Portolés, Mauricio Soriano, José E. Casasús y el propio Díaz Quesada. La visita de Santos obedecía al interés de realizar una película acerca de los festejos de la inauguración del tranvía eléctrico, efectuados el primero de abril de 1908. Contaba el emprendedor promotor del cine con el supuesto apoyo financiero del administrador de “The Camagüey Electric Company”, don Roberto Betancourt, hombre de empresa que pretendía extender hacia otras ciudades de la Isla el moderno servicio de transporte.

Santos pensaba que Betancourt sufragaría, por conveniencia propia, los gastos de la proyectada película. Sin embargo, no ocurrió así; el administrador no planeó jamás invertir un centavo en ello. Más bien creía que el solo hecho de autorizar a la firma “Santos y Artigas” para filmar tan importante acontecimiento, le aportaría ganancias y serviría, además, para divulgar en todo el territorio nacional los adelantos de su empresa.

Pero el representante de la compañía distribuidora “Santos y Artigas” no podía desechar las magníficas oportunidades vislumbradas en este negocio para un futuro inmediato. Pese a que en las diversas reuniones sostenidas por las partes interesadas no pudieron llegar a un acuerdo, realizó otras gestiones con “The Cuba Company” y el ferrocarril de Nuevitas, sin lograr los resultados apetecidos. Nadie quería desembolsar dinero para algo tan riesgoso que consideraban de escasa importancia. Por entonces, la palabra cine se escribía entre comillas en la prensa local, y la concurrencia  a sus funciones se incrementaba sobre todo cuando la lluvia impedía la retreta en el Parque de Agramonte.

Tras estas fracasadas tentativas, Santos  no se desanimó, surgió entonces el proyecto de registrar en el cine algunas de las famosas festividades camagüeyanas, bien fuera el San Juan o la Feria de La Caridad. Fiesta de tradición y arraigo popular, que con tanta pompa cada año se celebraba durante nueve días, la feria había alcanzado gran lucimiento al organizarse los renombrados paseos. Un representante de la iglesia, en defensa de sus intereses, sugirió inclusive la posibilidad de filmar alguna de las procesiones de la Semana Santa, que contaría con el beneplácito del influyente clero de esa capital provincial.

Curiosamente, estas ideas fueron aportadas por personas ajenas a cualquier tipo de negocio y, por ende, sin recursos suficientes para financiar el proyecto cinematográfico, de por sí costoso. Los animaba la situación de que Camagüey apareciera en la pantalla. Entre los entusiastas figuraba Antonio Villar Ponte, director del periódico “El Comercio”.

Transcurrieron los meses, y pareció que todo había quedado en el olvido. Quienes se habían embullado con los planes, se desilusionaron al circular los rumores de que solo concertaban la apertura de un nuevo local para exhibir películas, cuando se produjo una segunda visita por dos miembros de la firma “Santos y Artigas”, a cuya presencia no se le concedió importancia en esa oportunidad.

Las interrogantes se esclarecieron, finalmente, con la llegada de Enrique Díaz Quesada aquel mes de septiembre de 1909. Su cámara inquieta tomaría escenas de la calle Real con las aristocráticas familias en los portales de sus casonas. Algunos espectadores recuerdan, entre ellas, a la del Dr. Manuel Ramón Silva —conocido patriota e intelectual lugareño, que era gobernador de la provincia, junto a su esposa y otros allegados.

Estas antológicas imágenes del gentío inmenso que acudía a solazarse a esa fiesta, algunas de las cuales habían sido captadas desde un tranvía en marcha, para rememorar Díaz Quesada el descubrimiento del travelling por un operador de los hermanos Lumière —al emplazar la cámara sobre una góndola en los canales venecianos—, lamentablemente, han desaparecido para siempre. (6)

De ellas no quedan más que recuerdos dispersos, unas pocas fotografías y su descripción como marco para el argumento de la novela costumbrista de José Ramón de Betancourt Una feria de La Caridad en 1830 y... De estos intentos primigenios solo se conservan estas vagas referencias.  En las páginas de los periódicos, atiborradas de disímiles anuncios publicitarios, notas de sociedad y reportes policiales no halaron la menor resonancia.


4 Reproducimos a continuación un anuncio intercalado en el periódico «El camagüeyano», en su edición del miércoles 8 de septiembre de 1909:
«¡¡A la Caridad!!
Hoy es día grande para Camagüey, tan entusiasta en la devoción de su patrona.
Mañana y tarde se ve hoy invadida la Avenida de la Libertad por el pueblo entero de Camagüey, llamando mucho la atención que todos aquellos que visten con más gusto y elegancia son los que menos dinero han gastado en las ropas, pues se le han comprado a Casimiro González, el de la batalla».
5 Otro anuncio publicado en «El Camagüeyano», de fecha jueves 9 de septiembre de 1909, expresaba así:
«Cine «Martí» - Salón Teatro
Parque de Agramonte
Amplio, elegante, cómodo y ventilado.
Espectáculo ameno y moral propio para familias y personas de buen gusto.
Empresa: E. DIAZ. Representante y operador».
6 De un anónimo testimonio manuscrito perteneciente al archivo del historiador Gustavo Sed Nieves.

 


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La Habana. 2002
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