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LA
JIRIBILLA Martí, el iniciador del movimiento es también el Héroe Nacional de Cuba. No es sorprendente, pues, que aparezca con gran frecuencia tanto en la prosa como en la poesía de Guillén, siempre como figura que merece la más profunda admiración. Para empezar, en su artículo “Pero ¿Y Martí?,” pone a Darío, a quien tanto admira, en deuda con Martí: “Rubén Darío...que tanto debe al autor de los Versos sencillos” (Guillén, Pp, II, 192). En un discurso sobre Martí pronunciado en Beijing, en 1953 (Pp. II, 158-166), uno de los mejores resúmenes de la vida de Martí, presentado en el año del centenario de su nacimiento y comenzado el largo período del exilio de Guillén, este dice de él: “Como escritor, Martí es uno de los más grandes de la lengua. Orador, político, periodista, poeta, agitador, todo lo fue en magnitud excelsa” (160) (7) Dice de él, además, “[h]ombre de acción y poeta, Martí representa mejor que nadie en América el celo por la perfección de la forma tanto como el vigor del concepto; la exigencia implacable del bien decir y del bien pensar, que lo llevó a pulir el idoma no con aderezos y afeites femeniles, sino con los relámpagos que un creador verdadero puede sacar de su trato con la materia estatuaria, digamos granito, bronce, mármol.” (Pp, III, 111). En el poema “Martí” (1964) Guillén muestra el mismo aprecio por el hombre polifacético que sobresale en varios campos. Claro está que según el criterio de Guillén, para ser poeta en magnitud excelsa es necesario ofrecer los más nobles, progresistas y sensatos conceptos de una manera que demuestren un dominio de los aspectos técnicos del arte poético. El alto concepto que Guillén tiene por estos dos grandes modernistas no quiere decir que admire a los modernistas en general. Guillén se ha tomado la molestia de escribir sobre muy pocos de los numerosos poetas que suelen aparecer en las antologías de poetas modernistas. En su etapa juvenil le dedicó un soneto a Amado Nervo (1870-1919). Escribió un ensayo relativamente largo sobre Ramón López Velarde (1888-1921) en el cual menciona a otros poetas mexicanos que se agruparon bajo el “ala inmensa” (Pp, II, 354) del modernismo y le compara favorablemente con ellos por su voz auténtica y la popularidad de su poema “Suave Patria.” Escribió también un artículo titulado “Díaz Mirón o la angustia de la forma” (Pp, II, 372-74). Aquí Guillén aprovecha para criticar implícitamente a los poetas menores del modernismo su obsesión formal. Recurre aquí a su prosa burlona, comentando que Salvador Díaz Mirón (1853-1928) “[p]ulió el poema hasta hacerlo sangrar” (372). La actitud de Guillén hacia Julián del Casal (1863-93), su renombrado compatriota, es edificante. Guillén no escribió ningún artículo sobre él; tampoco le menciona en ningún poema. Los que leen descuidadamente la obra de Martí tengan tal vez la impresión de que por haberle dedicado un ensayo en la ocasión de su muerte Martí le había elogiado sin reservas. Pero al Guillén que había criticado a Díaz Mirón su inatención a la sustancia de su poesía no se le iban a escapar las palabras de censura incluidas en el ensayo de Martí. En su ensayo “Hablemos de la calidad,” Guillén comenta citando a Martí: “Pero también sabe Martí criticarle, no sin finura y tacto, que le tomara «la poesía nula y de desgano falso e innecesario con que los corifeos del verso parisiense entretuvieron estos años últimos el vacío ideal de su época transitoria...»” (Pp. III, 306). En otra ocasión, Guillén resume: “Martí (tan celoso de lo esencial americano) reprocha a Casal su apego a las formas francesas decadentes” (Pp. III, 366). Las propias palabras y opiniones de Guillén son aun más severas: “El poeta político, al modo que lo fueron Lamartine y Hugo, cedió plaza al poeta «maldito» al modo de Verlaine y Baudelaire, y en este punto es Casal nuestro ejemplo más desgarrador, dicho sea no solo para referirnos a la naturaleza de su verso sino también a su modo de entender la vida, que para los poetas de su estirpe debía ser un fenómeno alejado de todo contacto humano” (Pp, III, 135).(8) Rubén Darío ha ofrecido su perspectiva sobre algunas de las predilecciones de Casal y, señalando la discrepancia entre la elegancia de su estilo y lo lúgubre del contenido de su poesía, le llamó “desdichado ruiseñor del bosque de la muerte” (Darío, I, 691). De todos los poetas modernistas hispanoamericanos Casal es tal vez el que ha tenido vínculos más estrechos con escritores franceses de fines del siglo XIX; y mantiene estos vínculos mientras manifiesta muy poca adhesión a una identitad cubana o hispanoamericana. Es muy probable que con estas actitudes Casal contribuyera significativamente a que varios críticos hispanoamericanos, formados en la tradición del americanismo literario, José Enrique Rodó (1872-1917), por ejemplo, llamaran “decadentes” a los modernistas. Solo con una cuidadosa lectura de Prosas profanas, de Darío, Rodó en su ensayo “Rubén Darío: su personalidad literaria, su última obra” de 1898 había podido declarar que “soy un modernista también” (191) y dejó de usar desde entonces el término “decadente” en lugar de “modernista.” Sin embargo, persistió en América el hábito despectivo del cual Darío tuvo que quejarse en la epístola a Amado Nervo; persistió en parte porque coexistía un modernismo europeo que era de veras decadente, en parte porque algunos poetas que se agruparon bajo el “ala inmensa” del modernismo hispanoamericano eran de veras decadentes. De ahí la incomodidad de Darío. De ahí también la opinión de ciertos críticos, Juan Marinello (1898-1977) y José Antonio Portuondo (1911-1996), por ejemplo, de que la obra de Martí, y cito a Marinello, es “de un hecho de distinta naturaleza y mayor alcance, en que el modernismo queda inserto” (17-18).
Es posible aislar aspectos formales y comparar a Casal
con José Martí o Rubén Darío. Lo que es más probable es
que este tipo de estudio quede en el aire sin probar las
dimensiones profundas de la contribución de Martí o
Darío. Cuando Vicente Huidobro, un ardiente buscador de
nuevas formas, se encontraba en la Francia de 1916
enfrentando con una actitud madura y sana las locuras de
las teorías estéticas reinantes en esos momentos de afán
por la guerra, se dio cuenta de que podía apoyarse en
Rubén Darío, en su juicio crítico de las incipientes
teorías fascistas de Marinetti y en su inspiradora
poesía en defensa de la paz y los logros humanos que
había continuado hasta sus últimos días.(9)
Si la sabiduría de modernistas como Martí y Darío
hubiera sido influyente en la Europa de entonces,
críticos como Curtius, Spitzer, Auerbach y Leo hubieran
tenido mayores posibilidades de disfrutar en sus días de
una literatura europea que reflejara fe y júbilo, vida y
esperanza, creando así barreras contra el fascismo.
Nicolás Guillén con su propia obra creativa y su
acertada visión crítica nos ha ayudado a entender que
hay un modernismo hispanoamericano y caribeño de
granito, bronce, mármol, apropiadamente labrado, y que,
especialmente en estos días de amenazas y acciones cada
vez más desconcertantes, debemos respetarlo y
celebrarlo. |
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