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LA
JIRIBILLA
EL MUELLE DE LUZ
Eduardo Robreño
Miguel Ponciano, bohemio, dibujante y trovador, es
también el creador de un bello bolero que intituló
Muelle de Luz, en cuya letra se recogen algunas de
las características que ofrece este bello lugar de La
Habana.
El muelle y la plazoleta situada en su frente toman el
mismo nombre. Esta última está encerrada dentro de un
polígono irregular, donde la calle San Pedro le sirve de
base, terminando en una especie de embudo que continúa
en la calle que se denomina Luz y es atravesada por la
“de los Oficios”, una de las más antiguas de la ciudad.
Esta repetición de tan “luminoso” nombre, débese a que
desde mediados del siglo XVIII ocupó una gran casa
situada a todo lo largo de un costado de la plazoleta,
la familia Luz, distinguida y adinerada, siendo don
Anselmo su figura más representativa. Más tarde la
familia fue ampliada, al casar una hermana del
presbítero José Agustín Caballero con uno de los
miembros de esta.
En esta casa (que hoy es amplio solar yermo) nació,
durante el primer año del siglo XIX, José de la Luz y
Caballero, destacada figura de las letras cubanas y
educador de nombradía. Conoció esa plazoleta de la
infancia don Pepe, donde acostumbraba a celebrar sus
juegos infantiles, y su adolescencia lo vio camino del
Seminario San Carlos, próximo al lugar, a recibir las
sabias enseñanzas de su tío y las del padre Varela.
El amplio caserón albergaba cerca de un centenar de
personas, incluyendo servidumbre y esclavos, y era
conocido por sus vecinos por el nombre de “la colonia”.
La casa perteneció a la familia de La Luz hasta el año
1845 y sus nuevos propietarios la dedicaron al
productivo negocio de hotel, al cual le pusieron por
nombre Mascotte. Más tarde, otros propietarios le
pusieron el de la familia que la había habitado, y fue
el Hotel Luz uno de los más conocidos y de más intenso
movimiento, debido a su situación privilegiada.
Por esa época los trenes no entraban en la capital y el
viajero que venía a ella o aquel que se dirigía al
interior de la Isla, tenía que pasar forzosamente por
aquel lugar para tomar el transporte marítimo que lo
llevase hasta Regla, donde tenía lugar el jubileo de
pasajeros.
Aun después de estar en funciones la Estación Terminal
siguió conservando su hegemonía, debido principalmente a
su exquisita cocina.
Un suceso desgraciado apartó al público de aquel sitio:
Pepe Cano era un jerarca político perteneciente al
Partido Liberal, que con sus mañas y su dinero
controlaba las asambleas de la provincia habanera. La de
la capital la manipulaba un concejal llamado Martínez
Alonso, hechura del propio Cano. Sucedió que llegada la
hora de las postulaciones, el ahijado político le negó
sus delegados para su aspiración a gobernador.
– ¡A ese negro yo no lo postulo!
Esta frase la escuchó claramente Pepe Cano por el
auricular telefónico, cuando su protegido se la decía a
un amigo de ambos.
Al día siguiente, en una habitación del hotel, donde
vivía Martínez Alonso, sentados uno frente al otro y
mientras almorzaban en forma amigable, el concejal se
desplomó sobre su cubierto. Pepe Cano le había hecho dos
disparos mortales… ¡por debajo de la mesa!
¡Cosas de la democracia representativa!
Huyó el agresor, dícese que disfrazado, por el Surgidero
de Batabanó. Años más tarde regresó a Cuba y una noche,
al salir del Frontón, le administraron “la misma
medicina”.
Acababa de subir Machado al poder, y alguien vio en el
guardafango del automóvil agresor, a un oficial del
ejército emparentado con una alta figura del régimen.
¡Cosas de la democracia representativa!
Pero volvamos al muelle, no porque en él “está la china
que me espera”, sino para no apartarnos del tema.
De allí partían los populares “vaporcitos de Regla”, que
no solo iban a ese simpático pueblo, sino también a
Casablanca. Cada media hora partían del “emboque”
Luz–Fesser los “navíos” que se denominaban “Guanabacoa”,
“Fesser” y “Underdown”; el primero con propela y los dos
últimos dotados de ruedas enormes, como la de los
antiguos barcos de ríos navegables.
De este primer viaje “marítimo” que realicé cuando
apenas contaba siete años, no guardo un recuerdo
agradable. Estando todavía indeciso para cruzar el
“charquito”, en el mismo muelle mi padre se encontró con
Carlitos Macía, el más jocoso de los “muchachos de la
Acera del Louvre”. Viendo en mi cara la contrariedad que
me embargaba, preguntó:
– ¿Y a este qué le pasa?
–Que no quiere atravesar la bahía.
–Haces muy bien –me dijo Macía–. ¡En este mes se han
perdido tres vaporcitos!
Nunca he sentido tantos deseos de volver a mi casa.
Existen también en esta plazoleta otros dos edificios
dignos de mención. La casa del conde Barreto, en la
esquina de Oficios y Luz, verdadera joya de arquitectura
colonial; y la que está situada frente a la otrora
casona de los Luz, en la calle San Pedro, que ostenta el
escudo de la provincia de Santander en su frente y que
perteneciera durante años a un montañés de apellido
Cabrera.
El lugar sigue siendo sitio de febril actividad, mucho
más ahora, en que el puerto de La Habana mantiene un
alto ritmo de trabajo. Sin abandonar la producción, los
marítimos mantienen próximo al lugar, escuelas de todo
tipo: secundaria básica, de instrucción revolucionaria,
de tecnificación.
Observándolas, recordamos al ilustre nativo del lugar.
“Educar no es solo dar carrera para vivir, sino templar
al alma para la vida.”
Tomado de Cualquier tiempo pasado
fue...
Editorial Letras Cubanas, 1978.
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