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LA
JIRIBILLA Una noche entré en el bar El Floridita y hallé a Ernest Hemingway acodado a la barra, bebiendo un daiquirí mientras escribía a lápiz. Llevado por mi inmensa admiración me le acerqué intentando tímidamente una presentación. Con una furia visible me increpó: ¡creía que podía molestarlo porque se hallaba en un lugar público! Y vi venir hacia mí, como un tren expreso, el puño inmenso del escritor; me agaché a tiempo de evadir el golpe y me escurrí muy amoscado hacia el otro extremo del bar. Bebí algunos tragos para olvidar la humillación y solicité la cuenta al retirarme. El cantinero me informó que había sido pagada y me señaló hacia Hemingway, que me sonrió. Volví a acercarme, esta vez con precaución, y le agradecí su cortesía. Balbuceó una disculpa: estaba muy concentrado en un párrafo que no acababa de salirle y le había estropeado su estado de concentración. Entonces me invitó a ir el domingo siguiente a su finca en San Francisco de Paula. Así lo hice. Desde el portón llamaron a la casa y un sirviente me condujo hasta la boca de aljibe azulejada en la terraza delantera. Allí le aguardé. Vino sonriente con un trago en la mano y me incitó a incorporarme a la fiesta que ofrecía a decenas de invitados. Había guitarristas, cantaores de flamenco y muchos norteamericanos, tipos de Hollywood, gente importante. Anduve un poco perdido y como no conocía a nadie al poco rato me fui. Encontré a Hemingway en otras ocasiones: cuando regresó de un largo safari en África, donde sufrió un accidente de aviación. Venía con cuarenta bultos y baúles, cajas de armas y animales disecados que cargaron en un camión. Hizo algunos comentarios festivos intentando demostrar que la ginebra era más curativa que la penicilina e intercambió golpes amistosos con el boxeador Kid Tunero. Se le había dado por muerto en el percance y la noticia de su defunción había aparecido en todos los periódicos del mundo. Me dijo que leer las notas necrológicas que le dedicaban se convirtió en otro vicio. La trayectoria de un escritor puede medirse, también, por las diversas influencias que se va recibiendo en el camino hacia la madurez. Tuve en mi etapa inicial un fuerte influjo de la sencillez del estilo de Hemingway, la finura de su parquedad, pero también, lo confieso, me fascinaban las peripecias de una vida colorida, efusiva, movediza, nerviosa: eso de participar en guerras y asonadas, andar en cacerías de leones y combatir submarinos desde un yate poseía un atractivo muy poderoso para un joven escritor. Hemingway solía decir que su mejor maestra fue Gertrude Stein porque lo enseñó a tachar lo superfluo en un relato. También decía, extensión de lo anterior, que la virtud mayor que puede tener un escritor es poseer un detector de porquería. En esa misma época me aficioné mucho a Azorín, que es una especie de Hemingway castellano, en cuanto al estilo. Luego comprendí que lo aparentemente espontáneo y llano del estilo hemingwayano requería una enorme dosis de saber literario porque lo esencial es la atmósfera, una especie de masa gaseosa que se desliza entre líneas y no es apreciable a simple vista, pero le concede ese garbo poético, esa elegancia desenvuelta que es su mayor mérito. Sí, en mis primeras novelas hay mucha influencia del montaje cinematográfico de las secuencias, de los diálogos vivaces que son un legado de toda la literatura norteamericana moderna. Pero eso no duró mucho tiempo porque cuando me fui a vivir a Europa asimilé otros cánones creativos que cambiaron mi visión de la literatura.
Tomado
de Llover sobre mojado, Editorial Letras
Cubanas, |
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