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LA
JIRIBILLA –Liuba, ¿Cómo puedes ser tan guajira, si tu cerro siempre ha sido el Cerro capitalino? –Es que yo soy de La Habana por casualidad. Mi padre es de Encrucijada, en la antigua provincia de Las Villas, y mi madre de Bolondrón, en Matanzas. Ellos se conocieron aquí en la capital y, aunque siempre he vivido en La Habana, nosotros somos guajiros. –En varias ocasiones has dicho que tu disco preferido es Coloreando la esperanza. Es un disco con una enorme carga emotiva que, quizás por ser el primero, reunía los mejores temas de muchos años... –Exactamente. – ¿Por qué has calificado a Ilumíname, tu último disco que ahora se presenta, como un trabajo “más trovadoresco”? –Pues, ante todo, porque soy una trovadora: yo soy después de la guitarra. En mis discos anteriores había prevalecido un trabajo musical pensado para el formato de mi grupo: habitualmente he hecho ese trabajo experimental que tanto me gusta y me ha permitido conjugar los instrumentos típicos de la música campesina, como el tres y el laúd, con otros provenientes de la música clásica, como el violín, el cello o la viola. Es cierto que en esos discos habían aparecido algunas canciones: Alguien me espera incluye dos y en Del verso a la mar ya son cuatro; pero el resto son guajiras, guajira-sones, bolero-sones... Tenía muchísimas ganas de hacer un disco de canciones, algunas de las cuales las había escrito desde hace varios años. Soñaba un disco donde se privilegiara la libertad de la palabra, con todos los matices y paradas que necesita la canción, sin imponerle un formato, dejando en primer plano a la guitarra. –Entonces, ¿Son viejas las canciones de este disco? –No. Todos los temas son relativamente recientes. Excepto “Álex”, la única que no es mía (es de Pepe Ordaz), “Corazón silvestre”, una canción del ciclo de “Si me falta tu sonrisa”, escrita a finales del 92 o principios del 93, y “Dueños de mi fe”, que empecé por esa fecha e increíblemente no terminé hasta el año 99. Pero no es ese tampoco el criterio de selección para el disco: otras canciones, viejas y nuevas, quedaron fuera. El asunto es que veo el disco después de la creación; no voy creando temas pensando en un disco. No lo critico; hay quien lo hace y le sale bien, pero yo no puedo. En mi caso voy haciendo un trabajo y luego, en determinado momento, el disco aparece ahí: está en la mente, en la sangre, y solo falta realizar el proyecto, el sueño que tienes dentro. –Considero que “lo trovadoresco” desborda la idea del cantautor con su guitarra y se extiende de una estética a una ética de la canción. Por eso pienso que, efectivamente, Ilumíname es bien trovadoresco, como lo son también tus otros discos. Ahora, creo que la diferencia en tu más reciente propuesta radica en que es un trabajo más sosegado, más consciente, más intencional... – ¡Eso lo puedes decir tú y no yo! Pero aun esa intencionalidad, esa conciencia, esa calma con que se concibe el disco es algo que, en mi caso, aparece siempre después de tener las obras delante. Comparto tu apreciación sobre la trova. No es solo la complicidad de la guitarra y la palabra. En una guajira existe esa complicidad, pero se siguen patrones hasta cierto punto más marcados: una poesía más barroca, vinculada a la naturaleza. La trova consiste en la libertad y el compromiso máximos de la guitarra y la palabra. –“Dueños de mi fe” y “Corazón silvestre” hablan de un amor inconcluso ante cuyos pies no pones flores, pero al que todo señala... –Cuando los amores se truncan por situaciones de la vida, ocupan otro lugar en nuestro espacio. Uno aprende a ser feliz sin traicionar los principios del amor; más aún si ese amor te aportó tanto. Si se tiene un sentido amplio del amor, de la búsqueda de las cosas bellas de la vida, siempre es posible encontrar nuevas formas de mantenerse en contacto cuando se pierden los espacios de comunicación directa. –“Ilumíname” y “Algo” hablan, en cambio, de un renacer que te espanta los fantasmas y salva tus instintos de crecer. ¿Un nuevo amor? –Sí, y el mismo amor. Fíjate: es una especie de fantasma angelical que va acompañándole a uno en el tiempo y va cambiando su aspecto físico, digámoslo así. Aunque “Ilumíname”, más que una canción de amor es un tema ante la soledad colectiva que siento que hay en este mundo. Cuando digo ‘ilumíname’ no me refiero a deshacer la oscuridad simple, sino la otra: la que hay después de esa oscuridad, la peor. Me refiero también a las vibraciones que uno percibe a través del amor. “Algo” es un guiño, un divertimento donde se dicen cosas serias; es la frescura, la juventud del amor. –En tus discos y en tus conciertos es una tradición incluir algún tema relacionado con el mundo infantil. Pero “Álex”, como aclaraste, es una canción de hace muchísimos años y la única del disco que no es tuya. ¿Por qué “Álex”? –La temática del acercamiento al mundo de los niños siempre me atrae, y más cuando se aborda con la agudeza con que Pepe Ordaz lo hizo en “Álex”. Me ha pasado en otras ocasiones: por ejemplo, tuve la dicha de grabar “Pequeñín”, una canción fabulosa de Lázaro García. “Álex” es preciosa. Lleva años dando vueltas en mi cabeza y en mis discos. No había encontrado cómo justificar dramatúrgicamente su presencia. En Travesía mágica no solo tengo canciones para niños; también hay temas de este mismo tipo, como “Mi niña imaginada”, desde la adultez con la añoranza por la infancia. Me pareció prudente dejar “Álex” para otro momento, pues no solo iba a competir con ella en cuanto a temática, sino que es muy superior como propuesta de ese susto maravilloso ante la belleza de la niñez. En este nuevo disco hay un sabor nostálgico que recrea la añoranza, la memoria... Sentí que “Álex” se acomodaba perfectamente. Creo que está ubicada en muy buen lugar y que quienes la escuchen, la agradecerán mucho. Me gusta la idea de que “Álex” aparezca en este disco; porque incluso desde la adultez se respeta el mundo de los niños. Otra razón esencial es que ‘tengo un amigo pequeño’, Alejandrito, con quien no puedo jugar hace ya un tiempo; pero esa es una historia para otro momento, es una historia que me toca demasiado... “Álex” es la llave que, en este disco, me ha permitido abrir una puerta para reencontrarme con Alejandrito. -La constelación de virtuosos que colaboraron en Ilumíname amenazaba con convertir el disco en una especie de ‘todos estrellas’; sin embargo, cada quien hizo lo suyo con una discreción impresionante... –Eso es propio de los grandes maestros; de quienes aportan su grandeza y humildad. Un Ernán López Nussa que, con su genialidad y experiencia en el trabajo con trovadores, sabe lo que es acompañar a un cantante, ubicar una cita donde va; Síntesis, que coloca las voces como nadie; Niurka González y todos los grandes músicos de la Sinfónica; Lucía y el Guajiro con sus arreglos. Yo quiero agradecer profundamente a todos los que me acompañaron. –En tus trabajos anteriores se apreciaba un marcado influjo de nuestra música campesina y los ritmos latinoamericanos. En Ilumíname se observa un fuerte sabor hispánico, y me refiero no ya a la influencia mediatizada por la propia música campesina, sino al ambiente casi mudéjar de “Ilumíname”, a cierta evocación sonora de Mocedades en el trabajo de voces con Buena Fe en “Los sueños”, al explícito reconocimiento de tu deuda con Serrat en “Memoria y testamento”, o a esa formidable ‘tonada-flamenca’ que es “La brújula del destino”. ¿Por qué? –Mi deuda con las canciones de Serrat es enorme y, como afirmas, la asumo en referencias explícitas de letra y música. Originalmente “La brújula del destino” era un son, ¿sabes?, y lo convertí en una canción flamenca para darle una mayor unidad al disco. Pienso que le viene muy bien ese aire. Además, quise dedicársela a mi abuelo quien, aunque era de Oviedo y no de la España más cantaora, me cantaba aquellas canciones españolas bajo las cuales crecí. Ese acento hispánico que sientes en el trabajo con Buena Fe tiene que ver con los melismas que utilizamos al cantar, muy usuales en la música española. Yo escucho toda la música española que puedo; ¡me encanta esa música! ¡Y la música flamenca es el éxtasis, la locura misma! Eso se me sale..., pero también hay una intención. –Sé que, aunque te has caracterizado por innovar en la sonoridad y los formatos, te resistes a incorporar algunos timbres. En este disco hay una mayor presencia, para bien, de los sintetizadores y la batería. Coméntame sobre eso. –Modestamente, están donde creo que deben estar. Lo que no soporto es que algo se incluya por lograr un efecto X con una intención comercial. Sinceramente no creo que un disco se venda mejor porque tenga una batería, un sintetizador, un violín más o menos. He discutido muchísimas veces por ese concepto. Cada canción debe ir con lo que uno siente que lleva y, aunque reconozco que soy una amante convencida de los instrumentos naturales, cuando otro instrumento aparece para ponerle alas a la canción, pues bienvenido sea. –Dices no soportar la búsqueda de X efectos, pero el ‘efecto Equis’ selló el cierre de tu disco. “La voz” es una magnífica canción tenue que Equis Alfonso, bien lejos y arriba, hizo sacra. ¿Qué te parece su arreglo? –Equis hizo un trabajo admirable. Parece ser algo que nadie espera y se va de las manos. No es un poema musicalizado, es una canción que salió con la guitarra. Cuando tuve la idea del disco delante, en ese momento que tanto disfruto de la búsqueda del balance y el acople coherente entre los temas, del diseño dramatúrgico del disco, siempre supe que “La voz” sería el cierre. Entonces llamé a Equis Alfonso, porque conozco su talento y su obra, y le pedí el arreglo advirtiéndole que esa canción era la última. Por eso la grandiosidad del arreglo, natural en toda la obra de Equis, pero que también juega aquí un papel dramático, conclusivo. –Desde hace muchos meses solo apareces en pequeños espacios. ¿Tienes pensado algún gran concierto para presentarle Ilumíname, personalmente, a tu público? Sí. Vamos a hacer un concierto en enero próximo. Allí interpretaré parte de las canciones de este disco, pero el público también podrá escuchar las cosas que ya conoce. Creo que las personas merecen que uno tenga en cuenta lo que quieren oír, y quizás esa es la puerta por donde puede entrar, pidiendo permiso, el trabajo nuevo, desconocido. –En “Los sueños”, esa especie de ‘trova-rock guajira’, dices: Yo sé los sueños que mueren, / eternos pájaros rotos, / son esos que nos padecen, / son esos los que adolecen / de no vivir en nosotros. ¿Cuáles son esos sueños sin suerte?
–Esos: los sueños que
no tuvieron el privilegio de alcanzarnos; los sueños
cuyas alas no les permitieron volar para llegar hasta
donde pretendíamos que llegaran, hasta donde nosotros
les esperábamos. |
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