LA JIRIBILLA
UN VERDADERO CUBANO
 
A cuarenta y un año del escopetazo con que puso punto final a la legendaria historia de su vida, los cubanos no han cesado de reciprocar el amor que el autor de El Viejo y el mar declaró por esta tierra: "Amo este país y me siento como en casa; y donde un hombre se siente como en casa, aparte del lugar donde nació, este es el sitio al que estaba destinado”.


M.H.Lagarde |
La Habana

 

La entrañable relación de Ernest Hemingway con la Isla vuelve a ser noticia. Un proyecto entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba para microfilmar y digitalizar los documentos del escritor que se encuentran en la casa museo de San Francisco de Paula, será sin duda, otra de las tantas formas en que los cubanos le rindan homenaje al mítico escritor norteamericano que pasó una tercera parte de su vida en Cuba.

Y digo otra forma, porque a cuarenta y un año del escopetazo con que puso punto final a la legendaria historia de su vida, los cubanos no han cesado de reciprocar el amor que el autor de El Viejo y el mar declaró por esta tierra: "Amo este país y me siento como en casa; y donde un hombre se siente como en casa, aparte del lugar donde nació, este es el sitio al que estaba destinado”.

Más allá de las razones que haya tenido el Hemingway para escoger Cuba como lugar de residencia: el amor de una mujer, la pesca de la aguja, la persecución de submarinos nazis, lo cierto es que el fantasma del autor norteamericano más leído de todos los tiempos continúa todavía deambulando por la Isla.

Todavía parece estar allí, en la habitación contigua a donde husmean los visitantes a través de las ventanas, en su casa de la finca de La Vigía. Si se afina el oído puede oírse el martillar de las teclas de la vieja Royal. Como cada mañana cuando la resaca del día anterior no es demasiado fuerte, el Papa está en su cuarto de trabajo situado en el lateral izquierdo de la casa, de pie frente a la máquina portátil, sin camisa y en bermuda, con los pies descalzos sobre la alfombra de la piel de un kudú, escribiendo A través del río y entre los árboles, Islas en el Golfo o París era una fiesta. Y quizás, si se tiene la suficiente agilidad para desplazarse de una ventana a otra, pueda sorprenderlo sentado a la mesa de la biblioteca que solo usa para contestar algunas cartas, como aquella enviada a Karl Wilson:

“Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba... Me mudé de Key West para acá en 1938 y alquilé esta finca y la compré finalmente cuando se publicó Por quién doblan las campanas.
Es un buen lugar para trabajar porque está fuera de la ciudad y enclavado en una colina. Me levanto temprano cuando sale el sol y me pongo a trabajar y cuando termino me voy a nadar y tomo un trago y leo los periódicos de Nueva York y Miami.
Después del trabajo uno puede irse a pescar o a practicar tiro de pichones y por las tardes Mary y yo leemos y oímos música y nos vamos a la cama. Algunas veces vamos a la ciudad...”.

Una Habana que ya no es la misma que inicia Tener o no tener donde por la mañana temprano “los vagabundos que duermen todavía recostados a las paredes; aun antes de que los camiones de las neverías traigan el hielo a los bares”, pero donde las ventanas de la habitación de la esquina noroeste del hotel Ambos Mundos, como si el Papa estuviera allí, continúan abiertas a “la antigua catedral, la entrada del puerto y el mar por el norte, y por el este a Casablanca y los tejados de las casas que se extienden hasta el puerto”.

Con camisa de tela fina, un viejo pantalón caqui y mocasines, Hemingway deambula junto a quienes buscan releer, en el lugar de los hechos, algunos de los capítulos de la que es sin duda, la mejor de todas sus novelas, la de su propia vida.

Pero más que en las barras de la Bodeguita del Medio, del Floridita, en el atracadero de Cojímar o en la gran corriente azul, Papa sigue vivo en el universo de la cultura cubana. El escritor que donó a los cubanos el Premio Nóbel de 1954, además de devenir personaje de novelas, relatos, películas documentales de escritores y realizadores de todas las generaciones, como alguien renuente a marcharse, no cesa constantemente de dejar pistas de su presencia, por lo que su estancia en Cuba parece prolongarse en una biografía interminable que ha necesitado del talento y el oficio de más de un autor.

Aunque nunca tuvo gran vinculación con escritores o grupos artísticos o literarios de Cuba, (mantuvo cierta relación con figuras como Nicolás Guillén, Lino Novas Calvo, Enrique Serpa, y Carlos Montenegro y en su biblioteca se conservan libros de los autores cubanos Alejo Carpentier, Félix Pita Rodríguez, Regino Pedroso y Jorge Mañach) el autor de Islas en el Golfo es probablemente el autor extranjero que más ha influido en la literatura cubana de la segunda mitad del siglo XX.

Pero llamarle extranjero tal vez sea un improperio.

Baste recordar un pasaje de la biografía sobre el Hemingway escrita por Robert Baker. Según este último, tras su regreso a Cuba en 1959, el escritor fue interrogado por los periodistas sobre la frialdad norteamericana hacia Cuba.

Hemingway se declaró en desacuerdo con dicha postura y agregó que después de veinte años de vivir en la Isla, se consideraba un verdadero cubano. Sin vacilar, tomó el borde de una bandera cubana y la besó, pero como el gesto fue tan rápido los fotógrafos no pudieron captarlo. Ante la insistencia de que lo repitiera,  Papa Hemingway respondió: "Dije que era un cubano, no un actor".


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La Habana. 2002
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