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LA
JIRIBILLA
FINCA VIGÍA
Ella era una de esas mulatas, aptas para contemplar por
largo tiempo; aburrida, cruzó una pierna y por contagio
quedó atrapada en su propio bostezo. Nada como un trago
después del trabajo, dijo Hemingway. Desde su posición
la veladora dejaba entrever un pedazo de muslo y el
viejo Ernest, con suspicacia, me hizo señas. No está mal
la chica, ¿verdad?, dijo.
Alberto
Guerra
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La
Habana
Esta vez navegarás
con más suerte, dijo Hemingway. Estaba de pie, frente a
su Royal, calzado en mocasines, y sobre la piel del
viejo antílope. Con ayuda de un lápiz anotó la cuenta de
las palabras escritas en el día y dio por terminado el
trabajo. Limpió el sudor de sus manos en la bermuda,
acomodó las cuartillas y se detuvo en los rayos de sol
que filtraban por las ventanas laterales. La cabeza del
venado colgada en la pared, la colección de dagas nazis,
las escopetas y las cañas de pescar, relucieron con
fuerza ante esos rayos. Caminó hacia la ventana del
frente, apoyó los brazos en el marco y miró afuera. Los
árboles aún daban buena sombra, aunque los más cercanos,
con sus raíces, continuaban levantando el cemento y las
lozas del interior. Miró a las mesas del jardín, el
polvo de las mesas del jardín, luego se detuvo a
contemplar, sin mucho asombro, los movimientos de un
joven y de dos mujeres cargados de paquetes. Entraban,
dejaban los bultos en la casita de madera y volvían a
salir. Sobre un camión los brazos de otro joven, negro,
descamisado, sudante, alcanzaban las cajas. Las piezas
de cerámica quedaron para el final y una de las mujeres
rogaba que tuviesen cuidado no fueran a romperse.
Hemingway se aburrió de mirarlos, dijo: En esa casita de
madera han dormido gentes muy raras, pero ningunos como
Sartre y su media naranja, Simone. Luego, regresó frente
a su Royal, tomó las cuartillas otra vez, las manoseó
como si fueran lo mejor que había escrito en mucho
tiempo, y las volvió a colocar. Miró al venado, al
sinnúmero de objetos y de animales muertos que colgaban
de las paredes y sonrió. Sobre el estante el vaso y la
botella de whisky estaban vacíos. Tomaré ginebra
entonces, dijo, y dio dos pasos en busca de la mesita
donde le esperaban un grupo de botellas. Demoró unos
segundos preparando el trago, inclinado, sonriente, como
si fuera un niño de barbas muy blancas y bermudas
enormes. No estoy trabajando muy bien, dijo, me impongo
la maldita disciplina, pero es preferible parar, impedir
que el pozo se seque. No permitas jamás que tu pozo se
seque. Disfrutó el primer trago y lo acabó de un golpe,
luego volvió hacia la mesita y repitió las acciones en
busca del segundo. Cada vez que podía secaba las manos
en su bermuda, miraba al sitio de la Royal y cambiaba la
vista hacia fuera. Durante el cuarto trago eructó
ginebra como si fuera un puerco, terminó bostezando y
fue a sentarse junto a la veladora.
Ella era una de esas mulatas, aptas para contemplar por
largo tiempo; aburrida, cruzó una pierna y por contagio
quedó atrapada en su propio bostezo. Nada como un trago
después del trabajo, dijo Hemingway. Desde su posición
la veladora dejaba entrever un pedazo de muslo y el
viejo Ernest, con suspicacia, me hizo señas. No está mal
la chica, ¿verdad?, dijo. Pero veladoras como esta no me
soportan, duran un par de meses y luego se largan.
Hemingway se puso de pie, soltó un ruidoso pedo, muerto
de risa, y la muchacha me miró como si fuera un
asqueroso culpable. No supe qué hacer, me limité a
sonreír ante la ocurrencia del maestro y la vi taparse
la nariz, para después darme la espalda. El escritor
caminó unos pasos en busca de la puerta y señaló a una
vieja con uniforme semejante al de la joven mulata. Las
resignadas son esas, dijo, todavía sonriente, llevan
quince, veinte años aquí y se la pasan contando los días
que les faltan para jubilarse. Después, volvió a mirar
la botella de ginebra, frotó sus manos otra vez en la
bermuda y me dijo: Si no fuera por estos raticos y por
esos rayos de sol, no sé qué sería de mí. ¿Viste cómo
iluminaban al venado?
Pero el gordo me impidió responder. Con su Nikon en las
manos, y los dientes muy amarillos, intentó enfocar el
ángulo del estante, empecinado en la Royal. Faltó poco
para que me aplastara contra la pared. Tuve ganas de
empujarlo hacia adentro, verlo tropezar con la soga
divisoria y que en el aire diera una voltereta. Era muy
probable que la cámara se le hiciera pedazos y dejara en
el piso de Finca Vigía un par de dientes amarillos como
recuerdo. Hemingway, con un gesto, me pidió que lo
dejara tomar su fotografía y se largara a otra parte.
Cómo ha cambiado el viejo, pensé, por menos que eso,
Lisandro Otero, aunque se empeñe en negarlo, fue
trompeado en pleno Floridita por los años cincuenta.
Cuando el gordo estaba a punto de tirar, la veladora se
interpuso entre la cámara y lo que había enfocado.
–Permiso, señor, le dijo, ¿usted pagó la tarifa por la
fotografía?
– ¿Eso también hay que pagar?, preguntó él.
–Sí, dijo la muchacha, y fue otra vez a sentarse.
La mujer del gordo, otra indiscreta con cámara, que no
había escuchado la conversación, levantó el brazo y le
pude ver los largos y goteantes pelos del sobaco. Sentí
asco, para nadie resultaba agradable contemplar esos
pelos; menos, después de oler la agridez del marido,
excitado detrás de la cámara. Me molestaba, además, no
responder por culpa suya la interrogante de un escritor
de la talla de Hemingway. Como si abundaran semejantes
oportunidades.
–Sabes, Henry, dijo contentísima la gorda, calzaba el
mismo pie tuyo, mi amor. Ven a ver.
Pero el gordo apenas miró, se limitaba a secarse el
sudor con un pañuelo empapado.
–Sabes, Marta, las fotos se pagan, le dijo. Ella,
incrédula, miró a la veladora, que afirmó moviendo
ligeramente su cabeza.
–Entonces la guardo, dijo, pero ven a ver, Henry,
calzaba tu mismo pie, amor.
–Sabes, gustaría subir esa torre, dijo el gordo
cambiando de tema, después caminó unos pasos hasta la
escalera. Marta, contemplativa, disfrutó cada uno de
esos pasos, suspiró y me dijo:
– ¿Verdad que es igualito?
–Se dan un aire, dije.
–Usan hasta el mismo número.
–Y son del mismo pueblo, concluí.
Busqué complicidad en la veladora, quería burlarme a lo
cubano de esa gorda, pero la muchacha me cambió la
vista.
– ¿Te animas y subes con nosotros a la torre?, dijo ella
muy bajo. Los precios son caros, arriba podremos tomar
fotos sin que se den cuenta.
–Vayan ustedes, prefiero quedarme, dije.
–Nos esperas, entonces.
Jamás había tenido tanta relación con los turistas.
Andaban conmigo a retortero desde muy temprano y ya me
tenían harto. Los constantes, Sabes, Marta, y Sabes,
Henry, estuvieron a punto de hacerme estallar. Cuando
los vi en las escaleras sentí alivio, me libraría de
ellos por un tiempo y eso reconfortaba. Quedé solo, para
conversar con el maestro, hambriento, nervioso, con el
cansancio de las calles de La Habana en mis pies. Iba a
responder su pregunta, decir que había visto esos rayos,
que iluminaban muy bien al venado, pero de repente otro
par de turistas se interpuso. Me aparté como pude, mis
tripas sonaron y la veladora me volvió a mirar. Para
ella debí ser el tipo más puerco y desgraciado del
mundo, me lo hizo entender solo con un gesto. Debí haber
comprado el pan con pasta que encontré barato en La
Habana Vieja, pero no lo hice, creí que mis obesos
amiguitos me invitarían a almorzar. Estaba allí, con
hambre, nervioso, frente al maestro, víctima de embrujos
turísticos y de la mirada con odio de una hermosa
veladora. Quise apartar de mi lado al par de tipos para
no perder mi puesto en la ventana, pero ya era tarde,
con sus cuerpos sudantes me bloqueaban y Hemingway hizo
unas señas para que les cediera el lugar.
Esta vez navegarás con más suerte, repitió, cuando me
hice espacio en una ventanita de los laterales. En ese
ángulo nos sentimos tranquilos, había muy poco que
husmear (la colección de botas, relojes, bisutería
menor) comparado con las cabezas de antílopes, tigres,
leopardos, colgadas en las paredes o alfombrando el
suelo de otras habitaciones. Incluso, el torrente de
cartas en eterno desorden sobre la cama, detenido como
la última vez, superaba a esta zona de la casa. El grupo
de turistas deambuló por los pasillos exteriores como si
fueran ratones en busca de espacio. Sumergían sus
cabezas, sedientos, descuidados, implacables, deseando a
cualquier precio un poco de contagio. En varios
orificios de la vieja casona pude ver sus gestos de
tipejos en trance, subieron la escalera de la torre,
caminaron afanosos rumbo a la piscina, enfocaron con sus
cámaras la menor insinuante que les acercara al fantasma
de un Hemingway, escurridizo para ellos, pero amistoso y
cordial para mí. Esta vez navegarás con más suerte,
había dicho. Unas palabras que conocía de memoria.
Llevaba cinco años escuchándolas, el mismo día, y salida
de los labios de la misma persona. Era una especie de
cumplido que me desconcertaba. Navegar con más suerte no
dependía de él ni de mí, sino de las velas, del estado
del tiempo, de la angustia, del azar, de un jurado, de
vicios, de clichés. A pesar de la oleada turística, esa
vez las dijo como siempre. Luego miró a la veladora (la
mulata continuaba abrumada en sus bostezos), al sitio
donde estaba su Royal, a la mesita con botellas, a mis
ojos de hombre nervioso, cruzó los brazos y preguntó:
– ¿Qué traes ahora, muchacho?
Aquella era la interrogante impuesta detrás del
cumplido. Yo debía apartar mi vista de sus ojos, dejarla
correr hacia las mesas empolvadas de la pequeña terraza.
–Algo sin importancia, maestro, otro de mis cuentos
raros.
Hemingway sonreía, descruzaba los brazos, los apoyaba
sobre el marco de la ventanita, como si fuese una chica
con barbas en plena serenata y sentenciaba a la manera
de un clásico:
–Para un escritor todo tiene importancia, nunca lo
olvides.
–Trata sobre lo que va a pasar en la premiación, le
dije, como si ya estuviera pasando.
–Si es un buen cuento, siempre se puede explicar.
–Un escritor lleva años empeñado en ganar este concurso.
Describió el día de la premiación, eso es todo.
–Eres tú mismo. ¿Entonces, dónde está lo raro?
–En el cómo lo digo, maestro, en describir con detalles.
–Muy bien interesarse por el cómo; se debe escribir para
escribir cosas perfectas, decía el pesado de Sartre.
¿Pero eso es todo?
–Incluyo mi conversación con usted.
– ¿Y mis tomaderas de ginebra por falta de whisky?
–Sí.
– ¿Los pedos, y mis eructos con las veladoras?
–Sí.
–Recuerda, amigo, que a los mitos se les perdonan estas
pequeñeces. Podrían acusarte de iconoclasta si no los
convences. Eso hicieron conmigo. Escribí Aguas
primaverales y se negaron a publicarla, solo el bueno de
Scott pudo atreverse. Me burlaba de Sherwood, la suya
era una novela tan espantosamente mala, necia y
afectada, que no pude menos que satirizarla en una
parodia. ¿Acaso te burlas de mí?
–De ninguna manera, maestro.
–Todo muy bien entonces. Está bien que te burles de los
malos, pero no de los buenos. Ojalá convenzas a ese
maldito jurado. ¿Qué edad tienes ahora, muchacho?
–Veinticinco.
–También tuve veinticinco y también viví de ilusiones.
–Pero los suyos fueron otros tiempos, maestro.
–No lo creas, quizás no había concursos como este, pero
había que vivir con lo que te pagaban por un cuentecito
en las revistas.
–Eso aquí es muy difícil.
– ¿Y piensas que en mis tiempos no lo fue? No todos los
que escribieron a mis veinticinco publicaron sus cosas.
–No es igual, maestro, este mismo concurso jamás ha
publicado al ganador.
–Ves, eso sí es grave. Publicar es el anhelo más
preciado del que escribe. Creí que era un concurso
importante.
–Lleva su nombre, eso lo hace importante.
–Gracias.
–Pero no lo es, porque no se publican los premios.
–¿Y cuáles son los malditos concursos que publican,
muchacho?
–La Gaceta de Cuba, y Revolución y Cultura, por ejemplo.
– ¿Son revistas?
–Sí.
– ¿Y cómo diablos no mandas a esas revistas?
–Mando, pero nunca gano, maestro.
– ¿Quiénes son los que ganan?
–Tipos como Alberto Guerra, un negro con ínfulas de gran
escritor, que hace unos cuentos malísimos. O como José
Miguel Sánchez, tan narcisista que parece loco, lleno de
andariveles, si usted lo viera dudaría mucho que fuera
escritor. O como Ronaldo Menéndez, un friqui que se cree
Dios porque ganó el Casa de las Américas. Y otros, que
mejor no menciono.
–No conozco a esos tipos, muchacho, pero no muestres
nunca tan fácil tus rencores. Es bueno conservar el
rencor solo para que los aplastes con tu escritura, para
nada más. Siempre es difícil abrirse pasa en cualquier
parte, no lo olvides.
–Pero lo suyo fue en París.
–Cierto, París era una fiesta. Éramos muy pobres y muy
felices.
–Usted, Scott, Gertrude.
–Pobre Scott, lo mató su corta vista, el espejismo de
sus veintitantos y una maldita mujer llamada Zelda. Era
muy bueno Scott.
– ¿Y Faulkner? ¿Qué tal las cosas con Faulkner?
–Hablamos de gente buena, muchacho, no de alcohólicos,
ni de trasnochados.
–Perdone, maestro, pero Faulkner también era bueno.
–Eso es otro espejismo, un sureño resentido jamás podría
serlo.
–Con su estilo influyó a los mejores de Latinoamérica.
–No me jodas. Si has venido a joder mejor te largas.
–Y usted también los ha influido.
–Ves, eso está mejor. Cuéntame de esas influencias.
–Casi todos los de ahora comienzan leyéndolo.
– ¿Y estudian la técnica del Iceberg?
–Y repiten lo del detector de mierda.
–Me alegro.
–Pero tratan de imitarlo demasiado.
–Imitar demasiado siempre es grave, muchacho.
–Sí, siempre.
–Eso, nunca imites demasiado.
–No, nunca.
–Eso es.
Hemingway quedó pensativo, como si repasara cada una de
nuestras palabras. Rascó su cabeza, miró a la veladora,
al grupo de turistas que pasó junto a nosotros y dejó
correr su vista hacia la altura de la torre. Pareció
indispuesto, en la conversación algo no había
funcionado. A ningún escritor, famoso en vida, podría
resultarle agradable que años después lo utilizaran para
nombrar un concurso donde no se publicaban sus
ganadores. Además, nunca debí haber criticado a quienes
imitaban su estilo, al menos no en su presencia. Pero no
pude contenerme. Demasiados escritores del país
malograron sus buenas ideas tratando de lograr la
economía hemingwayana, en una tierra completamente
barroca. Muchos cuentos influidos por la técnica del
iceberg quedaban como bodrios imprecisos, de tanto que
ocultaban sus dos terceras partes bajo el agua. En los
encuentros de Talleres Literarios fui testigo de cómo el
fantasma de Hemingway sepultaba el talento de numerosos
fanáticos de Los asesinos. A su vez, en los llamados
escritores de primera línea, esa lógica (poco funcional
para nosotros si se tomaba al pie) había lacerado por
más de treinta años. Desde Finca Vigía, el maestro,
resultaba un fantasma muy grande, peligroso y demasiado
cercano.
– ¿Alguna otra cuestión en tu cuento, muchacho?, dijo.
–Me describo nervioso, con un telegrama en el bolsillo.
A quienes les pasan telegramas probablemente cojan
premios. Llegan temprano y se sientan a esperar en una
de esas mesitas.
– ¿Y tienes ahora un telegrama en tu maldito bolsillo?
–Así es.
–Puta madre. Bien te dije que esta vez navegarías con
más suerte. En literatura los premios no te hacen un
buen escritor, pero el dinero hace falta. Y el
reconocimiento por parte de algunos estúpidos con cierto
poder. Así pasa entre nosotros.
–Bueno ese consejo, maestro.
–Cuando terminé Fiesta, sabía que contaba con buen
material, todo era cuestión de ubicarla. Debes saber
ubicar tu maldita obra aunque no ganes concursos. No te
des por vencido.
–Claro como el agua, maestro, no me daré nunca por
vencido.
–Así me gusta que pienses. Un hombre puede ser
destruido, pero no vencido. ¿Has oído eso, muchacho?
–Es como un lema para los luchadores.
–Y para los escritores.
–También para los escritores, maestro.
–Cuando la vieja Gertrude me dijo que “Allá en Michigan”,
era un cuento inacrochable yo tenía tu edad, podrás
imaginarte mi cara en aquel cuartico parisino. Uno debe
escribir con mucha confianza y también con mucho
cuidado. Pero basta de sermones, tú debes conocer lo que
dije sobre el iceberg y sobre el detector de mierda.
Continúa, continúa.
–También hablo del par de gordos que vinieron conmigo.
–Ya los he visto.
–Ella insiste en encontrar un parecido entre su maridito
y usted.
– ¿Crees que ese maldito gordo se me parezca en algo,
muchacho?
–Él mismo no se lo cree, pero es la moda, ella responde
a la moda.
–Menos mal que tiene más tino que esa gorda.
–Creo que lo odia por culpa de ella.
–Mucho mejor, amigo, mucho mejor. ¿Me quieres decir de
dónde los sacaste?
–Los conocí esta mañana, él es escritor y ella profesora
de alta cocina. Un amigo me envió un paquete de hojas,
fui a buscarlo, y de paso me invitaron a salir.
– ¿Notaste que no quisieron pagar?
–Continúa siendo un buen observador, maestro.
–Y escribiendo quinientas palabras al día, muchacho.
–Me han hecho caminar por los lugares donde usted
acostumbraba.
– ¿Por La Bodeguita?
–Y por El Floridita.
– ¿Quieres contar todo eso, muchacho? Desde el comienzo,
a toda máquina y desde el comienzo.
Tuve deseos de negarme, contar podría ser tan abrumador
como la caminata. Pero el rostro expectante del maestro
pesó más. Calculé una hora para el comienzo de las
premiaciones y cedía a la tentación. Escuché la voz de
la gorda desde la carpeta del Hotel Vedado. Colgué el
teléfono y me senté en el lobby. Fui observado por el
custodio y por algunas carpeteras, como si fuese un
pobre diablo. No hay quien sienta más desdén por un
pobre diablo, que un pobre diablo con uniforme, recordé
haber leído. Había quedado en encontrarme con ellos, los
gordos, temprano en la mañana, luego caminaríamos por la
parte vieja de la ciudad y en la tarde nos llegaríamos
hasta Finca Vigía. Solo habíamos hablado por teléfono.
Ella era de Jalisco y él de Michigan. Así me contaron
mientras avanzamos por Zanja en busca de La Catedral.
–Ese es mucho terreno, muchacho, debieron tomar algún
taxi, ¿no crees?, dijo Hemingway.
–Preferimos caminar, dijo el gordo, ella asintió con
cara de india en apuros, y yo, sencillamente, les señalé
la calle. Recorrimos toda Zanja a mi paso. Un buen paso.
Dos gordos renuentes y sudados en silencio maldijeron mi
paso, hasta que nos vimos en el bulevar de Obispo. La
mujer no pudo más y pidió recostarse en el muro del
parque.
–Sabes, Henry, dijo, mis pies parecen jamones.
Henry no respondió, tampoco hizo intentos de mirar el
par de jamones. Quedó extasiado en el letrero del
restaurante de enfrente.
–Flo-ri-di-ta, dijo, y se rascó la cabeza, gustaría
tomar mojito como Hemingway.
– ¿Verdad que se parecen?, me preguntó la gorda. Hasta
tienen los gustos iguales.
–Maldita gorda, dijo Hemingway, ¿ no tenía otro con
quien comparar?
–El mojito es en La Bodeguita, dije.
– ¿Y aquí cuál ser?, preguntó el gordo.
–El daiquirí.
– ¿Te animas, Marta?, dijo Henry, y ella no lo pensó dos
veces. Entramos. Otra vez me pareció que un portero me
miraba como si fuese un pobre diablo. Convencido de que
mis amiguitos no iban a consumir, al menos quise
disfrutar del aire acondicionado y reponerme de la
caminata. Nos sentamos.
–Debe ser bueno el trago que inventar Hemingway, dijo el
gordo.
–Era un genio, Henry, hasta inventó tragos, dijo ella.
–Malditos imbéciles, dijo Hemingway, ¿no le dijiste que
no fui yo quien inventó ese trago?
–Él no inventó el daiquiri, lo modificó un poco
solamente, dije.
–En eso radica su genialidad, sonrió Henry, los genios
no inventan, modifican.
– ¿Y quién fue ese inventor?, preguntó Marta.
–Le dijiste que Jennings S. Cox, un norteamericano, un
poco menos imbécil que su maldito gordo, dijo Hemingway.
–No, no sé quién fue, dije.
–En sus ratos libres, este pobre ingeniero, muerto de
calor, experimentaba con la coctelería en una mina de
Oriente, explicó el maestro, hasta que una noche dio con
la combinación perfecta: zumo de limón, ron, azúcar y
hielo triturado. Le puso Daiquirí en honor a la playa,
apréndete eso, muchacho.
– ¿Y cómo lo tomaba Hemingway?, preguntó ella.
– ¿Le dijiste a esa maldita gorda que doble y sin
azúcar?, dijo Hemingway.
–Doble y sin azúcar, dije. Después me llegué hasta el
baño, al regreso los gordos me esperaban en la puerta.
Siempre supe que no iban a consumir.
–Es muy caro ese trago, dijo Marta.
–Hemingway era millonario, pero nosotros no, dijo él.
– ¿Y no le diste un bofetón en mi nombre a ese gordo?,
preguntó Hemingway.
–No vale la pena, dije.
–Pos claro que no vale la pena, dijo Marta apoyando el
inmenso cuerpo en su adorado Henry, aquí los precios
están disparados.
– ¿Y qué querían esos dos?, dijo Hemingway, el daiquirí
es caro porque lo hice famoso.
–Cuando tú seas famoso, Henry, también tendrás que
inventar un trago, dijo la gorda.
–Lo llamaremos Marta, en tu honor, dijo Henry, y ella se
detuvo a besarlo en pleno Obispo. Caminamos despacio,
ellos observadores, yo, con mi mano en el bolsillo
palpando el telegrama. La gorda, con la curiosidad
universal de las mujeres, nos hizo detener en las
vidrieras, en portales con tarimas de artesanía nacional
y en cualquier parte donde algún vendedor mostrara
productos. Los manoseaba, preguntaba los precios,
calculaba, para luego dejarlos junto a un dueño
maldiciente y desilusionado. Por su parte, el gordo, con
ínfulas de gran escritor, me invitaba a adentrarme en
las pequeñas librerías particulares, comentaba la
pobreza de las ediciones cubanas, encontraba autores y
textos famosos de su país, se deslumbraba por mis
conocimientos literarios, especulaba, comentaba sobre la
gran novela que escribiría, pero tampoco compraba. En
mis paseos por Obispo jamás fui tan importunado como en
esa mañana. A la vista de todos era un jinetero en
compañía de dos puntos muy gordos. De tanto proponerme
langostas, camarones, chatinos y arroz moro, sentí
hambre. Pude ver un carricoche vendiendo pan con pata,
pero era probable que mis amigos también fueran vencidos
por el hambre y decidieran comer algo.
–Ese es el Ambos Mundos, dije.
–No me estás ayudando, muchacho, dijo Hemingway.
–Yo no admirar tanto a ese escritor, dijo Henry,
aborrezco sus novelas. Son ridículas, mal escritas,
prefiero sus cacerías en África que su literatura.
–Imbécil, dijo Hemingway, repite lo que otros escriben.
No hagas eso nunca, muchacho, piensa siempre por ti
mismo.
–No le creas, él lo admira, dijo la gorda, también sabe
de Hemingway, y mucho que se le parece. ¿Verdad que se
le parece?
–Claro, maestro, debo pensar siempre por mí mismo.
–Deja ya de contar sobre esos gordos, dijo.
–Como quiera.
–Jamás fui un gringo tacaño, de eso puedes estar seguro.
Y ese gordo lo es tremendamente.
–Lo odia a usted por no odiarla a ella. Aunque se sea
gordo no es fácil dejar de ser uno por los caprichos de
su mujer.
–Cierto, debe ser terrible que lo comparen conmigo
siendo tan gordo y tan mal escritor. Porque debe ser un
mal escritor, eh, muchacho.
–No he leído nada suyo.
–Sigue contando, entonces.
–Después nos llegamos al mar.
– ¿Estuvieron en la bahía?
–Sí.
– ¿Qué tal los llevó el sol de las doce?
–Muy fuerte, maestro, pero no se quisieron mover.
– ¿Miraban los barcos, El Morro, La Cabaña, la estatua
de Jesús en la otra orilla, y te preguntaban?
–Sí, pero ¿Cómo usted lo sabe?
– ¿Y la gorda se apartó y comenzó a rezar, mientras él
te llamaba?
–Así es, maestro, así es.
–Lástima de aguas tan sucias, dijo el gordo, ¿Te gusta
el mar?
–Ese gordo esperaba que dijeras, claro que me gusta,
pero escuchó otra cosa, dijo Hemingway.
–No soporto el mar, dije.
–Es extraño que no gustes del mar, sonrió Henry con
cierta malicia, a Hemingway privarle del mar.
–Y en el Pilar, maldito gordo, pesqué las mejores agujas
y los mejores atunes que se hayan visto.
–Dicen que con su barco detectó submarinos en la guerra,
pero no lo creo, dijo Henry.
–Dicen no, idiota, lo hice, y cuento con testigos para
confirmarlo.
–Y que Gregorio, el capataz, le inspiró El viejo y el
mar.
–Gregorio y muchos otros Gregorios, dijo Hemingway, en
literatura los personajes nunca son uno mismo, sino
muchos. Pero dime, ¿por qué rayos aborreces el mar?
–Porque perdí un hermano, dije.
–Lo siento, dijo el gordo.
–Eso es muy duro, muchacho, dijo Hemingway, también he
perdido amigos en el mar.
–Fue cuando los balseros salían a montones, dije, en el
94, se ahogó, o lo ahogaron, nunca se supo.
–Buena razón para odiar, dijo el gordo, y señaló las
aguas sucias, a mí tampoco me gusta.
–Mejor nos vamos, dije.
–Y saliste de allí con tremendo nudo en la garganta,
dijo Hemingway. Luego miró hacia la pequeña terraza. En
las mesas con polvo había rostros nerviosos y
conversadores; alrededor de la casita de madera
comenzaban a rondar un numeroso grupo de personas. Pude
ver algunos amigos, gente que participaba por primera
vez, y otros, con caras de miembros del jurado.
– ¿Ese de barba y espejuelos quién es?, preguntó el
maestro. No tardé en descubrir, entre la multitud, a un
personaje mediano, casi encorvado, rostro pálido y
brazos con ausencia total de agricultura, que saludaba a
la especialista literaria.
–Debe ser del jurado, dije.
– ¿Y ella?
–Es la especialista, se llama Ángela, corre con casi
todo lo del concurso.
–Ángela, bonito nombre, dijo, hace un rato la vi cargar
paquetes en compañía de dos negros.
–Son regalos para los premiados.
–También bajaron bocaditos y dulces.
–Necesito ahora varios de esos bocaditos, dije.
– ¿Y son buenos los regalos?
–Más o menos, maestro. A quienes ganan el Premio del
Mar, por ejemplo, les regalan corales o agujas
disecadas, también los invitan a cenar con los gastos
pagados en cualquier restaurante de primera.
–Ese premio no es tuyo entonces, muchacho, tú odias el
mar.
–Cierto, yo odio el mar.
– ¿Y qué otros regalos dan en este maldito concurso?
–Mil pesos al Gran Premio y esas cenas que le dije.
–Pero no publican los premios.
–No, no publican los premios.
–Mierda, entonces, dijo.
–Algo es algo, maestro, me gustaría estar un par de
noches en Marina Hemingway, aunque no me publiquen el
cuento. Llevaría a mi jevita y la pasaríamos muy bien.
Cogeríamos buena borrachera en su honor.
– ¿Es buen lugar Marina Hemingway?
–Pregúntele a esas muchachas que piden botellas en
Quinta Avenida.
– ¿Háblame de eso, amigo, quiénes son esas muchachas?
–Es una historia que mejor no le cuento, maestro.
–Ves, nunca dejes de contar lo que insinuarte, de lo
contrario fracasas.
–Pero el asunto de esas muchachas es preferible dejarlo.
–Como quieras, pero ten presente el consejo.
–Lo tendré presente.
–Tampoco veo que sea desastroso el paseo con los gordos.
–Póngase en mi lugar, fue un paseo donde no me invitaron
siquiera a un refresco. No merece que siga contando,
además, estoy nervioso, dentro de poco dan los premios.
– ¿Quieres decir que vas a dejar el cuento de los gordos
a medias?
–Por los gordos me preguntó usted mismo, no fui yo quien
quise contar.
– ¿Sabes el riesgo que corres?
–Me imagino, maestro, pero no puedo.
–Haz un esfuerzo, estás con un telegrama en tu maldito
bolsillo y puedes ganar.
–Mejor lo dejo así. Nosotros hablando y ellos allá
arriba.
–Como quieras.
–Gracias, maestro.
–Esos también deben ser del jurado, dijo, y señaló a una
mujer delgada, entrada en los cuarenta, con unos labios
intensamente pintados, que saludaba con la efusividad de
quien conoce al detalle las interioridades del concurso.
Junto a ella un joven, pequeño, barrigón, sonriente,
insistía en saludar a quien fuera, con aires de buen
funcionario.
–No los conozco, pero deben ser del jurado, dije.
–Ella parece buena persona aunque se pinte de esa manera
los labios.
–Sí, tiene mirada de buena persona.
–Pero el joven trata de serlo.
– ¿Por qué dice eso, maestro?
–Desconfía de los que saludan demasiado.
–Al menos es joven, no es malo que en un jurado se
cuente con jóvenes, dije.
–Ojalá sea buen escritor; si lo es, no importa mucho que
sea buena persona.
– ¿Por qué?
–Porque ningún escritor es así, muchacho, ninguno. Somos
demasiado individuales para intentarlo. Nos llevamos
bien con un grupo y odiamos a otro con la misma
intensidad.
–Usted sabe más de esas cosas. Lo tendré en cuenta.
–Si uno gana es bueno no conocer el jurado. Quedas libre
de remordimientos.
–Tengo en el bolsillo un telegrama y no los conozco.
–Cuando me dieron el Nobel desconocía al jurado.
–Eso fue en el cincuenta y cuatro, maestro.
–En el cincuenta y cuatro, muchacho.
–Ha llovido bastante.
–Recuerdo que después de un banquete, aquí mismo, dije:
Como ustedes saben, hay muchas Cubas. Pero al igual que
La Galia, se pueden dividir en tres partes: los que
pasan hambre, los que subsisten y aquellos que comen
demasiado.
–Ustedes eran del último grupo, maestro.
–Y tú perteneces al primero.
–Llegarás tarde a la premiación, dijo Marta tocándome la
espalda. Los gordos me miraron complacidos y señalaron
hacia la casita de madera. Sentí escozor en el estómago,
mi corazón multiplicaba su bombeo, apenas quedaban
personas en la parte de afuera.
–Nos hemos tirado muchísimas fotos, dijo Henry. Esta
Marta ser lista, muy lista.
–Y tú, amorcito, serás tan famoso como Hemingway, dijo
ella.
–Ojalá Dios te oiga, dijo él, pero vámonos ya.
Caminaron. Quedé atrás, mis pies apenas me respondían.
Miré a la veladora, a la Royal, al venado, al maestro
por última vez, y le dije:
–Que tenga un buen cumpleaños, deséeme suerte.
–Ya lo hice antes, muchacho, dijo, esta vez navegarás
mucho mejor, pero recuerda que los concursos no
importan. Escribe aunque no ganes, que vas a ganar.
Me vio bajar los escalones detrás del par de gordos,
tomar el pavimento y entrar en la casita. Miró a la
veladora, que continuaba con la mitad del muslo al
descubierto y preparando las primeras condiciones para
cerrar. Sobre sus piernas apoyaba la cartera y un
pequeño espejito; se peinaba, se maquillaba y, de vez en
vez, soltaba un bostezo. Hemingway pensó: Buena hembra.
Caminó hacia la mesa de los tragos, sirvió otra ginebra
y se plantó frente a la Royal. Claro que puedo intentar,
se dijo, hay todavía suficiente agua en este pozo. Dejó
el trago a medias encima del estante, secó las manos en
la bermuda, tomó el lápiz y escribió que, en compañía de
un par de gordos, un joven de veinticinco, con telegrama
en el bolsillo, se abría paso entre la multitud. No
pudieron avanzar demasiado, pero distinguían lo que
pasaba delante sin mucho contratiempo. Frente a un
público ansioso por conocer los resultados de otro
azaroso concurso, los personajes que representaban a las
diferentes instituciones ya tenían entre sus dedos las
piezas de cerámica, los cuadros, las agujas disecadas y
los diplomas que recibirían algunos elegidos con
telegrama. Mientras, los tres miembros del jurado se
disputaban la lectura del acta y Ángela, la
especialista, pronunciaba las palabras inaugurales. Dijo
que el concurso contaba ese año con el apoyo de
prestigiosas instituciones: El Instituto Cubano del
Libro, La Unión de Escritores y el Partido Municipal,
que más de doscientos trabajos, en su mayoría con
excelente factura y gran derroche literario (sic),
llegados de todos los rincones del país, hicieron al
jurado realizar un esfuerzo encomiable. Señaló hacia la
esquina donde continuaba el susurro sobre el asunto del
acta y pidió un fuerte aplauso. Ellos se sintieron
jurado ante tantas palmadas de tipos nerviosos y lo
demostraron con buenas sonrisas. Hemingway estaba
agotado, jamás en su literatura había descrito
ceremonias tan singulares. A duras penas pudo colocar el
papelito del acta en las manos de la mujer, porque el
integrante más joven, con sumo descontrol egocentrista,
estuvo a punto de arrebatarla. Pero el maestro insistió
y, a fuerza de escritura, dejó al joven barrigón
desconcertado. Ella sonrió con la pintura a flor de
labios y se hizo un profundo silencio. Los concursantes
desearon por enésima vez que fueran sus nombres los que
salieran de esa boca. Algunos cerraron los ojos para no
mirar. Otros se imaginaron felices con un cheque de mil
pesos o sentados ante una mesa repleta de alimentos
nostálgicos. Los labios de la mujer mostraron otra
enorme sonrisa y luego dijeron: Acta, Finca Vigía, a los
veintiuno del mes de julio del año en curso, se reúne el
jurado integrado por. El muchacho apretó el telegrama,
sus tripas volvieron a sonar y los gordos lo miraron
expectantes. La mujer, convencida de que su rostro, sus
labios, eran los más atendidos, entonó la voz para
pronunciar un nombre, un simple nombre, el nombre del
nuevo ganador. Pero basta por hoy, dijo el maestro,
señalando hacia la veladora, me conformaré con mirar
esos muslos, antes de que se vaya.
Mayo, 1998
Con Finca Vigía Alberto Guerra
obtuvo el Premio del Concurso Nacional Ernest Hemingway
en 1998.
Tomado de El Caimán Barbudo. Año
32, edición 293.
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